El síndrome del título imperfecto (o por qué nada está terminado mientras haya un sustantivo en duda)

El texto está acabado. De verdad. Revisado, corregido, afinado. Las frases respiran, los párrafos encajan, no hay erratas visibles ni decisiones pendientes. Todo funciona. Todo, salvo el título.

El título no convence. No es que esté mal. Es peor: está casi bien. Y ese «casi» es una grieta peligrosa. Lo miras. Lo relees. Lo pronuncias en voz baja. No termina de asentarse. Algo chirría, aunque no sabrías decir exactamente qué.

Cambias una palabra. Solo una. Un matiz. Un sinónimo más preciso, quizá. El título mejora… durante unos minutos. Luego empiezas a dudar otra vez. ¿No era mejor el anterior? ¿Este no suena demasiado solemne? ¿Y si parece pretencioso? ¿Y si parece poco?

Vuelves a tocarlo. Ajustas el orden. Pruebas con dos puntos. Luego sin ellos. El título se convierte en un laboratorio de microdecisiones obsesivas. El texto, entretanto, te observa desde abajo con una serenidad insultante: él ya ha hecho su parte.

Empiezas a entender que el problema no es el título, sino lo que representa. El cierre. El momento en que algo deja de estar en tus manos. Porque mientras el título sea provisional, el trabajo sigue siendo tuyo. En cuanto se fija, se emancipa.

Y aquí estamos…

Con una lista mental de versiones descartadas que nadie verá jamás. Títulos más líricos, más sobrios, más claros, más misteriosos. Todos válidos. Ninguno definitivo. El síndrome del título imperfecto no consiste en no saber titular, sino en saber demasiado bien lo que un título puede hacerle a un texto.

Decides aplicar la solución práctica. Lo envías con un título provisional. Lo dices explícitamente. «Título provisional», escribes, como si eso protegiera a alguien de algo. Te tranquiliza. Es una forma de decir: esto aún respira, no lo clausuremos.

Durante unas horas, incluso un día, te olvidas. El trabajo está entregado. Asunto cerrado. Hasta que, de pronto, te despiertas con una idea. No una idea grande. Una palabra. Exactamente la palabra que faltaba. El título perfecto, ahora sí, aparece con una claridad ofensiva.

Abres el archivo. Cambias el título. Sonríes. Este sí. Este encaja. Este dice lo que tiene que decir sin decir de más. Te preguntas cómo no lo viste antes. No importa. Lo has visto ahora.

Pasan unas horas más. Vuelves a leerlo. Ya no estás tan segura. ¿Y si el otro tenía algo? ¿Y si este es demasiado evidente? ¿Y si el editor prefiere algo menos… esto?

Lo curioso es que todo esto ocurre cuando el texto ya no corre peligro. El contenido está sólido. El trabajo está bien hecho. Pero el título sigue siendo un campo de batalla simbólico. Es la última frontera del control.

Finalmente, lo aceptas. No hay título perfecto. Hay títulos suficientes. Títulos honestos. Títulos que no estropean el texto, que ya es bastante. Y, aun así, sabes que lo cambiarás si tienes ocasión. Justo antes de que lo publiquen. O justo después de enviarlo «definitivo».

Y aquí estamos…

Asumiendo que el síndrome del título imperfecto no se cura, se gestiona. Que forma parte del oficio. Que es el precio de tomarse en serio las palabras, incluso las que van arriba del todo.

El texto se irá con un título. Vivirá con él. Y probablemente funcionará. Tú, mientras tanto, seguirás pensando en el que casi fue. Como se piensa en todas las decisiones que no se tomaron, pero que acompañan. Porque escribir no es solo elegir bien, sino aprender a soltar cuando ya no toca seguir tocando.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).