Estás corrigiendo una novela. Una novela de verdad. Personajes que se enfadan, que se equivocan, que dicen cosas poco edificantes cuando la situación lo exige. Lenguaje fuerte, sí. Coherente, también. Nada gratuito. Nada infantil. Simplemente gente hablando como habla la gente cuando la vida aprieta.
Activás la IA para una primera pasada. Porque ahorra tiempo. Porque detecta repeticiones. Porque, en teoría, entiende el contexto. Y entonces ocurre.
Donde el texto decía una grosería perfectamente funcional —de esas que construyen carácter, escena y temperatura emocional— ahora aparece un recuadro pulcro, clínico, moralmente inmaculado: [término inadecuado].
Te detienes. Relees. No por sorpresa, sino por la magnitud del despropósito. El personaje no está insultando: está desahogándose. No está siendo vulgar: está siendo verosímil. Pero la máquina ha decidido que no. Que eso no se dice. Que eso se tapa. Que eso se sustituye por un eufemismo administrativo.
Empiezas a sospechar que la IA no corrige novelas: corrige folletos corporativos.
Porque no es que señale el término. No es que sugiera alternativas. Es que lo borra. Lo neutraliza. Lo convierte en un vacío aséptico que rompe la frase, el ritmo y el sentido. El texto ya no suena duro: suena amputado.
Y aquí estamos…
Intentando imaginar una novela contemporánea donde nadie dice tacos, nadie pierde los nervios y nadie cruza ciertas líneas verbales. Una novela escrita por seres que, al parecer, gestionan el conflicto con respiraciones profundas y lenguaje inclusivo de manual.
Lo más desconcertante es la convicción moral. La IA no duda. No matiza. No distingue entre una grosería gratuita y una necesaria. Para ella, todo es igual de inaceptable. El contexto no existe. El registro no importa. La literatura es culpable hasta que se demuestre lo contrario.
Te preguntas si la máquina cree que está corrigiendo una novela o moderando un foro infantil. Si entiende que hay géneros, tonos, voces. Que un personaje puede ser desagradable sin que el texto lo celebre. Que las palabras fuertes, bien usadas, no empobrecen: afinan.
Empiezas a restaurar los términos uno por uno. A devolverles su sitio. A recomponer frases que ahora cojean. Es un trabajo adicional, irónico y bastante absurdo: corregir a una herramienta que pretendía ayudarte a corregir.
La conclusión se impone sola. No con enfado, sino con lucidez cansada. La máquina todavía no está preparada para las novelas reales. Para las que huelen, sudan, se equivocan y dicen barbaridades cuando toca. Para las que no piden permiso ni se disculpan por existir.
No descartas la IA. La usas. La vigilas. Le agradeces lo que hace bien. Pero no le confías el pulso de un texto vivo. Porque ese pulso incluye palabras incómodas, registros ásperos y silencios que no se tapan con corchetes.
Y aquí estamos…
Aceptando que corregir literatura no es higienizarla. Que el lenguaje fuerte no es un error, sino una herramienta. Y que, hasta que la máquina entienda la diferencia entre grosería y carácter, entre censura y criterio, seguirá siendo útil para muchas cosas… pero no para decirle a una novela cómo debe hablar.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

