Tall Story: la ligereza como forma de elegancia

Tall Story (1960), dirigida por Joshua Logan y protagonizada por Jane Fonda y Anthony Perkins, pertenece a una tradición de comedias románticas que rara vez aspiran a transformar el género y que, precisamente por ello, suelen entender muy bien cuáles son sus fortalezas.

La película no busca grandes revelaciones emocionales ni conflictos especialmente complejos. Su objetivo es más modesto: construir una historia dinámica, sostenida por el atractivo de sus personajes, los equívocos sentimentales y un entorno universitario convertido en escenario de la comedia. Esa claridad de intenciones constituye una de sus principales características.

Vista desde el presente, Tall Story ofrece además una ventana interesante a una forma de hacer comedia romántica anterior a la deconstrucción del género y a la necesidad posterior de introducir distancia irónica respecto a sus propias convenciones.

Una comedia que sabe exactamente lo que es

Desde sus primeras escenas, la película deja claras sus reglas.

La historia universitaria, los equívocos sentimentales, las rivalidades deportivas y las tensiones románticas forman parte de una maquinaria narrativa perfectamente reconocible. Joshua Logan no intenta ocultar esos mecanismos ni reinventarlos. Confía en ellos y construye el relato desde la aceptación de unos códigos que el público de la época podía identificar sin dificultad.

Esa confianza permite que la película avance con naturalidad. No hay voluntad de trascendencia ni necesidad de complicar artificialmente una trama concebida para moverse con ligereza. Los conflictos aparecen, se desarrollan y encuentran su lugar dentro de una estructura que privilegia el ritmo y la interacción entre los personajes.

El film abraza los códigos de la comedia romántica de su tiempo y encuentra en ellos buena parte de su identidad.

Jane Fonda antes del icono

Uno de los mayores atractivos de Tall Story reside en la posibilidad de observar a Jane Fonda en su debut cinematográfico, en una etapa anterior a la construcción de la imagen pública que acabaría convirtiéndola en una de las figuras más reconocibles del cine estadounidense de las décadas siguientes.

Su personaje, June Ryder, responde en buena medida a convenciones propias de la comedia romántica de comienzos de los sesenta. Buena parte de sus esfuerzos están dirigidos a conquistar a Ray Blent, el jugador de baloncesto interpretado por Anthony Perkins, y el guion utiliza esa determinación como motor de numerosas situaciones cómicas.

Fonda consigue, sin embargo, dotar al personaje de una energía que desborda en algunos momentos esos límites. June no espera pasivamente a que la historia avance: interviene, provoca situaciones y trata de dirigir los acontecimientos hacia el resultado que desea.

La seguridad de Fonda ante la cámara resulta especialmente llamativa teniendo en cuenta que se trata de su primera película. Todavía está lejos de los personajes que definirían etapas posteriores de su carrera, pero su presencia ya ocupa el espacio con una facilidad difícil de ignorar.

Anthony Perkins antes de la sombra

La película resulta especialmente interesante vista desde la trayectoria posterior de Anthony Perkins.

Estrenada el mismo año que Psicosis, permite contemplar una faceta muy distinta del actor. Aquí aparece como Ray Blent, estudiante y estrella del equipo universitario de baloncesto, en un registro alejado de la inquietud que quedaría asociada a Norman Bates.

Perkins aporta una sensibilidad poco convencional al modelo de protagonista romántico. Su atractivo no nace de una masculinidad rotunda ni de una seguridad absoluta, sino de cierta vulnerabilidad que encaja con el tono de la historia.

La coincidencia temporal entre Tall Story y Psicosis hace especialmente llamativo el contraste. Dos películas estrenadas en 1960 muestran posibilidades interpretativas muy distintas de un actor cuya imagen cinematográfica quedaría inevitablemente condicionada por una de ellas.

En Tall Story, Perkins todavía puede ser contemplado sin esa sombra dentro del propio relato: como un protagonista romántico joven cuya fragilidad forma parte de su atractivo.

La importancia de los secundarios

Como ocurre en muchas comedias corales, una parte importante del equilibrio de la película depende de sus personajes secundarios.

Ray Walston, Anne Jackson y Marc Connelly aportan experiencia, ritmo y contrapuntos diferentes a la historia central. Sus personajes amplían el pequeño universo universitario en el que se desarrolla el relato y permiten que la relación entre June y Ray no tenga que sostener por sí sola toda la estructura cómica.

Joshua Logan aprovecha especialmente bien esa combinación entre intérpretes jóvenes y actores con mayor experiencia. El reparto secundario funciona como soporte de los equívocos y conflictos sin desplazar a los protagonistas.

Esa integración contribuye a la sensación de ligereza del conjunto: las escenas pasan de unos personajes a otros sin que la película necesite detenerse demasiado tiempo en conflictos secundarios que puedan romper su ritmo.

La ligereza como decisión estética

A menudo se utiliza la palabra «ligera» como si implicara necesariamente una carencia.

Tall Story permite entenderla de otra manera. La ligereza aquí no responde tanto a una falta de ambición como a una elección de tono. La película no pretende analizar en profundidad las relaciones sentimentales ni cuestionar las estructuras sociales de su tiempo. Su interés reside en otro lugar.

Joshua Logan apuesta por una narración fluida, por personajes definidos mediante trazos claros y por situaciones que privilegian el ritmo sobre la complejidad. Incluso los conflictos que podrían adquirir mayor gravedad son rápidamente reintegrados en el registro general de la comedia.

Esa decisión determina tanto las posibilidades como los límites de la película. Tall Story no intenta escapar de las convenciones del género, sino trabajar cómodamente dentro de ellas. Su elegancia procede, en buena medida, de no forzar el material para convertirlo en algo distinto de lo que pretende ser.

Una película profundamente hija de su tiempo

Como muchas comedias románticas de comienzos de los años sesenta, Tall Story refleja convenciones culturales que hoy resultan especialmente visibles.

La representación de las relaciones sentimentales, la vida universitaria y, sobre todo, los roles de género pertenece claramente a una época concreta. El empeño de June por conseguir marido y algunas de las ideas sobre aquello que hombres y mujeres deberían esperar de sus relaciones sitúan inequívocamente la película en su contexto.

Eso introduce una tensión interesante cuando se contempla el personaje de Jane Fonda desde el presente. June se mueve dentro de unas expectativas muy tradicionales, pero lo hace con una determinación y una capacidad de iniciativa que evitan convertirla en una figura completamente pasiva.

La película no cuestiona los modelos sociales que representa. Los acepta como parte natural de su universo. Precisamente por ello resulta también útil para observar qué podía considerar normal una comedia romántica estadounidense en 1960.

Una película pequeña dentro de su género

Tall Story no ocupa un lugar central en la historia de la comedia romántica ni pretende hacerlo. Su interés reside en una escala mucho más reducida.

Joshua Logan trabaja con elementos conocidos —universidad, deporte, enamoramiento, equívocos— y los organiza alrededor de dos intérpretes cuya trayectoria posterior concede hoy a la película un interés añadido. Especialmente en el caso de Jane Fonda, resulta difícil no contemplarla también como el comienzo de una carrera que pronto tomaría direcciones muy diferentes.

Pero la película no necesita esa perspectiva futura para explicar su funcionamiento. Dentro de su propio contexto, responde a una concepción de la comedia basada en el ritmo, el encanto de los intérpretes y la confianza en unas convenciones compartidas con el público.

Su modestia forma parte de su identidad: sabe qué clase de historia está contando y rara vez intenta ser otra cosa.

Epílogo: una ligereza sin distancia

Vista hoy, Tall Story permite observar una forma de comedia romántica que todavía no sentía la necesidad de tomar distancia respecto a sus propios mecanismos.

Joshua Logan dirige una película que acepta sin reservas el enamoramiento, los equívocos y las convenciones sentimentales que organizan su relato. Jane Fonda aporta iniciativa y energía a un personaje definido en buena medida por los códigos femeninos de su época, mientras Anthony Perkins muestra un registro especialmente alejado de la imagen que ese mismo año quedaría asociada para siempre a su carrera.

Esa ausencia de distancia irónica es quizá uno de los rasgos que más claramente separan Tall Story de muchas comedias románticas posteriores. La película no comenta sus convenciones mientras las utiliza ni necesita disculparse por su sencillez.

Su ligereza pertenece a una determinada manera de entender el género y a un momento concreto del cine estadounidense. Y es precisamente en esa combinación de sencillez, ritmo y confianza en sus propios códigos donde encuentra su forma particular de elegancia.

Te puede interesar:
– Terapia sin filtro (Shrinking), con Harrison Ford
– Special Topics in Calamity Physics, de Marisha Pessl
– El guardián eterno y otros relatos fantásticos, de José Antonio Lozano Lunay