Hay temas sobre los que una escribe con una autoridad moral que quizá debería ser sometida a auditoría. La importancia de la lectura es uno de ellos.
Aceptas escribir un artículo sobre el tema y te parece perfecto. Lees profesionalmente, trabajas con libros y has pasado buena parte de tu vida rodeada de textos, así que podrías defender las virtudes de la lectura mientras duermes. Te sientas delante del ordenador y empiezas con una frase que te parece bastante convincente: «Leer nos permite detenernos en un mundo acelerado». Bonito. Continúas explicando que «la lectura exige un tiempo propio, una forma de atención que difícilmente admite las prisas», y aquello empieza a adquirir una consistencia intelectual muy satisfactoria.
Hablas de concentración, pensamiento crítico e imaginación, y defiendes la necesidad de reservar espacios para leer sin interrupciones. Incluso dedicas unas líneas a la lectura lenta, especialmente a la lectura lenta, porque pocas cosas parecen más necesarias en una época empeñada en convencernos de que cualquier actividad que no pueda hacerse simultáneamente con otras tres constituye una deficiencia organizativa.
Mientras escribes llegan tres correos, pero no los miras porque estás hablando de atención. Después entra un mensaje y decides ignorarlo porque acabas de explicar la importancia de la concentración. Cuando el teléfono vibra otra vez, lo pones boca abajo con la satisfacción de quien no solo escribe sobre sus principios, sino que además está dispuesta a aplicarlos durante al menos cuarenta y cinco minutos.
Terminas el artículo con una frase particularmente convincente sobre la necesidad de proteger el tiempo de lectura frente a las exigencias constantes de la vida cotidiana. Te gusta, guardas el documento y entonces miras el reloj.
Tienes que terminar una corrección, contestar cuatro correos, preparar un presupuesto, revisar una factura, enviar un archivo, resolver una duda de un cliente y averiguar por qué un documento que ayer tenía 286 páginas hoy tiene 291 sin que nadie admita haber tocado nada. El artículo puede esperar.
Al día siguiente también puede esperar. Y al siguiente.
Pasan varios días y el texto sigue dentro de una carpeta con un nombre inequívoco: Artículo_lectura_FINAL. El nombre resulta ligeramente optimista, teniendo en cuenta que todavía no has encontrado tiempo para releerlo.
Y aquí estamos… defendiendo públicamente la necesidad de encontrar tiempo para leer mientras intentas encontrar quince minutos para leer un artículo de mil palabras escrito por ti misma.
La ironía no pasa inadvertida. Cada vez que ves el archivo experimentas una pequeña punzada de culpabilidad y piensas que tienes que leerlo, pero siempre aparece algo más urgente: un encargo, un correo, una entrega o esa categoría mucho más amplia y difícil de gestionar que suele denominarse simplemente vida.
Hasta que una tarde decides que ya está bien. Abres el documento y empiezas a leer: «Leer nos permite detenernos en un mundo acelerado». Miras el reloj y compruebas que tienes diez minutos antes de una llamada, pero continúas. Llegas a «La lectura exige un tiempo propio…» justo cuando aparece en la pantalla un correo marcado como urgente.
Cierras el documento.
En ese momento empiezas a sospechar que el artículo ha dejado de ser un ensayo para convertirse en una provocación personal. Tú has escrito que debemos reservar espacios para leer, has explicado que la atención necesita tiempo y has recomendado reducir las interrupciones, pero llevas una semana sin conseguir terminar cuatro páginas porque vives dentro de una agenda que parece diseñada por alguien que te odia.
Finalmente, un domingo, consigues leerlo entero. Encuentras dos erratas, cambias una frase y eliminas un párrafo que, curiosamente, hablaba de la importancia de no llenar nuestro tiempo con demasiadas obligaciones. No porque haya dejado de parecerte cierto, sino porque a esas alturas empieza a resultar ofensivo.
Entregas el artículo y poco después llega la respuesta del editor: «Muy interesante. Es importante recordar que siempre podemos encontrar un rato para leer».
Decides no contestar inmediatamente porque necesitas tiempo para asimilarlo.
Al final, escribir sobre la importancia de la lectura te ha enseñado una lección inesperada. Leer es fundamental, necesario y probablemente una de las mejores formas de protegernos del ruido y las prisas que nos rodean. De eso sigues completamente convencida.
Encontrar tiempo para hacerlo, en cambio, pertenece ya al género fantástico.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

