Hay viajes que no figuran en ninguna guía. Rutas que empiezan en la imaginación y terminan en los márgenes de los mapas, allí donde el cartógrafo, sin saber qué dibujar, escribió «aquí hay dragones». Desde que el ser humano aprendió a caminar, ha buscado un lugar que no existe: una isla perdida, una ciudad de oro, un paraíso velado. Lo curioso es que, aunque nunca los haya encontrado, sigue intentándolo.
La primera parada es la Atlántida. Platón la inventó o la recordó, no se sabe. La situó más allá de las Columnas de Hércules, en un mar que entonces era frontera y promesa. Describió una civilización brillante, rica, armónica, destruida por su soberbia. Una parábola, sin duda, pero también una cartografía moral. Desde entonces, los hombres han buscado su rastro bajo todos los océanos. Unos la situaron en Santorini, otros en las Azores, en el Caribe, en Andalucía. Cada teoría dice más del que la formula que de la isla misma.
La Atlántida se convirtió en un espejo donde cada época proyecta su nostalgia: la del equilibrio perdido, la de la pureza anterior al progreso. No importa que los geólogos la desmientan: sigue ahí, flotando bajo las aguas de la imaginación. Tal vez el mito persista porque necesitamos un lugar que se haya hundido para justificar el vértigo del mundo que construimos encima.
Desde el Atlántico salto hacia el oeste, siguiendo la corriente de los sueños hasta El Dorado. La fiebre del oro transformó una metáfora en expedición. Los conquistadores españoles, cegados por el brillo del metal, se internaron en selvas imposibles buscando una ciudad de muros dorados. Nunca la hallaron, pero dejaron tras de sí una geografía de espejismos. El Dorado no fue un lugar, fue una obsesión: la creencia de que la riqueza podía redimir la vida.
En el Museo del Oro de Bogotá hay una vitrina donde reluce una pequeña figura dorada que representa al jefe indígena cubierto de polvo de oro. Según la leyenda, se sumergía en la laguna de Guatavita como ofrenda a los dioses. Esa imagen bastó para incendiar medio continente. Cada siglo tiene su Dorado: el mineral cambia, la codicia no.
Más al norte, en los mapas medievales, aparece Thule, la isla del fin del mundo. Los navegantes griegos la mencionaron como un lugar donde el sol no se pone y el mar se convierte en hielo. Nadie sabía exactamente dónde estaba: en Noruega, en Islandia, en Groenlandia. Da igual. Thule era un límite: el borde del conocimiento. Llegar a Thule significaba mirar el abismo y seguir adelante.
Pienso en esos exploradores que avanzaban entre hielos sin saber si habría regreso. Más allá de la fama o de las recompensas que pudieran esperar, perseguían algo difícil de nombrar: comprobar dónde terminaba el mundo conocido. Hoy, cuando los satélites nos muestran cada grieta del planeta, Thule sigue siendo necesaria. Representa la frontera interior: ese punto al que uno llega cuando ya no hay más territorio, solo preguntas.
Viajo después a Avalon, la isla de las manzanas, donde el rey Arturo duerme esperando ser despertado. En Glastonbury, al sur de Inglaterra, los lugareños aún señalan una colina cubierta de niebla y aseguran que allí se abre el paso hacia Avalon. Nadie se atreve a negarlo. En realidad, poco importa si el mito es cierto: lo que sobrevive es la fe en la posibilidad de retorno. Avalon es la promesa de que algo sagrado, perdido en el tiempo, aún late bajo la superficie del mundo.
Me detengo a pensar en cómo cada cultura inventa su geografía del anhelo. Los griegos soñaron con la Atlántida; los europeos medievales, con el Paraíso Terrenal; los budistas, con Shambhala; los tibetanos, con Shangri-La. Todas son versiones de la misma idea: que existe un lugar donde el sufrimiento se disuelve, donde el orden natural no ha sido corrompido. Pero lo más revelador es que todos están ocultos o hundidos, nunca al alcance. Los mitos necesitan distancia: si los encontráramos, se volverían ruinas.
Shangri-La, el reino escondido entre las montañas del Himalaya, nació de una novela inglesa del siglo XX, pero pronto fue adoptado como mito legítimo. En Horizontes perdidos, James Hilton imaginó un monasterio donde el tiempo se detenía, donde los hombres vivían en paz, lejos del ruido del mundo. Cuando el libro se publicó en 1933, Europa se preparaba para otra guerra. No es casual: cada vez que la historia se vuelve insoportable, inventamos un refugio. Shangri-La no existe, pero su necesidad sí.
A veces pienso que los mapas antiguos, con sus dragones y sus mares infinitos, eran más sinceros que los actuales. Admitían el misterio. Hoy lo sabemos casi todo, pero lo comprendemos menos. El mito de la Atlántida o de Avalon no se sostiene por falta de pruebas: se sostiene por exceso de realidad. Necesitamos espacios donde imaginar lo que el conocimiento no puede explicar.
En Lisboa, frente al estuario del Tajo, hay un monumento a los Descubrimientos. Representa a los navegantes portugueses mirando hacia el océano. Al contemplarlo, comprendo que todos los exploradores —los reales y los imaginarios— comparten la misma pulsión: moverse hacia lo desconocido aunque no haya promesa de llegada. La diferencia es que los segundos no regresan, porque su viaje ocurre dentro de nosotros.
Si trazara un mapa de estos destinos imposibles, vería que todos coinciden en su forma circular: islas que se hunden, ciudades ocultas, montañas prohibidas. El círculo es la figura del eterno retorno: salimos para buscar algo y regresamos al punto de partida con la intuición de que ya lo teníamos.
El mito de la Atlántida, dicen algunos, anticipa nuestra propia época: un mundo brillante, tecnológico, a punto de hundirse bajo el peso de su soberbia. Quizá el relato sobreviva porque actúa como advertencia. O quizá porque, en el fondo, seguimos convencidos de que en algún lugar del océano hay una ciudad intacta esperando ser redescubierta.
Los viajes imposibles no son una evasión, sino una brújula. Nos recuerdan que la imaginación también es una forma de cartografía. Cada mito traza su propio territorio emocional: el miedo al fin, el deseo de pureza, la nostalgia del origen. Por eso siguen moviendo mapas, aunque el GPS no los reconozca.
Pienso en cómo las ruinas y los mitos se parecen: ambos son restos de algo que alguna vez fue completo. Pero mientras la ruina pertenece al pasado, el mito pertenece al futuro: no muestra lo que fue, sino lo que aún podría ser.
En el último tramo del viaje imaginario regreso a la Atlántida. No a la de Platón, sino a la que cada uno lleva dentro: la ciudad que desaparece bajo el mar del tiempo personal. Todos tenemos una: un lugar, una edad, una promesa que se hundió sin ruido. Quizá por eso las historias de islas perdidas nos conmueven tanto. No hablan del mundo, hablan de nosotros.
Al cerrar el cuaderno, comprendo que los viajes imposibles son los únicos que no terminan. Siguen moviéndose dentro de la mente, desplazando límites, desafiando certezas. En una época en la que todo se mide y se fotografía, su función es recordarnos que aún hay zonas oscuras, invisibles, que conviene no iluminar del todo.
No sé si la Atlántida existió, ni si Avalon espera bajo la niebla, ni si alguna vez alguien alcanzará Shangri-La. Pero estoy segura de una cosa: sin esos nombres, el mapa del mundo sería insoportablemente plano.
Los viajes reales enseñan distancias; los imaginarios, profundidad. Y a veces basta con cerrar los ojos para emprender el más necesario de todos: el que nos lleva hacia el lugar donde el misterio sigue respirando.

