39 patrañas vesánicas
—¿Cómo dice que ocurrió?
—Yo estaba durmiendo, debían ser las tres de la mañana; de repente un ruido seco me despertó. No sabía qué había sido, ni si lo había soñado o era un ruido real. Permanecí unos minutos intentando escuchar; no me movía, no pasaba nada, intenté volver a dormir, pero entonces escuché las primeras sirenas. Me levanté de la cama; mi esposa también se levantó, parecía aterrada. Yo intenté tranquilizarla, pero no lo conseguí. Entraron en casa unos enfermeros y un médico; entre todos la calmaron; a mí no me hacía caso. Les pregunté qué era lo que había pasado, pero no me contestaron, estaban pendientes de mi mujer; insistí, pero no me respondían.
—Señora, ¿puede hablar con nosotros ahora?
—Lleva así desde que llegaron los médicos, no reacciona; no sé qué es lo que le ha podido pasar, yo hago todo lo posible por calmarla, pero no hay forma de que diga una sola palabra. Creo que está en shock.
—Creo que lo mejor es que hoy permanezca en observación, que le den algún tranquilizante para dormir y mañana intentaremos hablar con ella. Mañana será un día duro para ella.
—¿Por qué?, ¿qué ocurre mañana? Nadie me ha dicho qué es lo que ha pasado.
—¿Han hecho ya la autopsia de su marido?
—¿De qué está hablando? Su marido soy yo, estoy aquí… Hola. ¡Deje de ignorarme!
—Señora, perdone, pero tenemos los resultados de la autopsia. Siéntese, por favor.
—¡¡¡Hola!!! ¡Estoy aquí!
—Verá, su marido se ha suicidado, señora, una bala ha atravesado su bulbo raquídeo y ha causado daños en el hipotálamo antes de quedar alojada en la parte frontal del cráneo. Se disparó apoyando el arma en la parte posterior de su cabeza… Estaba muy seguro de lo que hacía y muy tranquilo para poder hacerlo… Había ingerido varios calmantes antes de…
—No diga tonterías… ¡Estoy aquí!
—Sus hijos han llegado ya.
—Nosotros no tenemos hijos.
—En la sala de espera hay tres personas que aseguran ser sus hijos…
—¿Qué está pasando? ¿Por qué han venido ellos? ¡Van a fastidiarlo todo!
—Señora, parece ser que su marido no solo convivía con usted, tenía otra mujer y tres hijos. Están en la sala de espera. No sé si quiere verlos.
—¡¡¡Me estáis arruinando la vida!!! ¿Queréis escucharme? ¿Por qué nadie me hace caso?
—Bien, señora, tranquila, hemos preparado una sala de observación para usted, tranquila, pasará la noche en el hospital, podrá descansar
—Sí, cariño, duerme, mañana se aclarará todo y nuestra vida volverá a ser normal; descansa.
—Mañana a las 8 de la mañana incinerarán el cuerpo de su marido.
—¿Por qué?, estoy aquí. ¡Vivo!
—Ese hombre no podía ser mi marido. No quiero saber nada. Dígaselo a la otra mujer, que se encargue ella de todo…
—Pero, amor mío… no dejes que lo hagan, te quiero, estoy a tu lado. Vida mía.

