Cuando no quieres dejar de corregir

Hay días en los que me sorprendo a mí misma leyendo en voz alta sin darme cuenta. Empiezo por rutina —voz baja, entonación neutra, esa que uso para detectar cacofonías y ritmos que no fluyen— y de repente noto que la frase termina y yo sigo. Que no estoy cazando errores: estoy acompañando el texto. Como si me hubieran invitado a una conversación íntima y solo hiciera falta asentir con la cabeza de vez en cuando.

No pasa a menudo. Y tal vez por eso lo valoro tanto.

El texto de hoy no era especialmente espectacular. No tenía juegos de palabras brillantes, ni un argumento que me cambiara la vida, ni un despliegue técnico deslumbrante. Pero tenía algo que pocos textos tienen: ritmo. No del que se aprende en cursos, sino del que se siente como el latido de una historia bien contada. Cada frase ocupaba el espacio que debía. Las pausas eran naturales. Las imágenes, contenidas. Nada sobraba, nada se notaba.

Era un manuscrito que no me necesitaba.

Y sin embargo, yo quería estar ahí.

Corregirlo no fue un trabajo, fue una forma de estar con el texto sin interrumpirlo. Lo tocaba solo para alisar una esquina, ajustar un matiz, dejarlo un poco más limpio, un poco más claro. Como cuando enderezas el cuello de una camisa a alguien que ya va bien vestido, pero al que le tienes afecto. Pequeños gestos. Nada invasivo.

A la media hora, me di cuenta de que no había mirado el reloj. Había olvidado el correo sin contestar, la factura por enviar, la llamada pendiente. Solo quería terminar el capítulo. Y el siguiente. Y un poco más. Y después… ya veríamos.

No tengo muchas certezas en este oficio, pero sí tengo una convicción: cuando un texto está bien escrito, no se nota el esfuerzo. No se oyen los engranajes. No ves al autor respirando entre líneas, ni presumiendo, ni justificándose. Ves una historia, un pensamiento, una emoción. Y tú, correctora, estás ahí solo para facilitar el paso, no para señalarlo.

Terminé el manuscrito con una sonrisa. No exagero. Ni siquiera por estilo. Me quedé mirando la pantalla y pensé: «Qué suerte tener este trabajo, justo hoy».

Mañana, seguramente, me tocará uno de esos textos que confunden narración con enumeración, o que usan comillas como si repartieran confeti en una boda. No pasa nada. Es parte del juego.

Pero hoy no. Hoy fui lectora antes que editora. Y eso, en esta profesión, es un pequeño milagro.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).