Damasco literaria: las Mil y una noches como geografía real

Hay ciudades que entran en la literatura porque un escritor decide convertirlas en escenario y otras cuya relación con los relatos es tan antigua que resulta difícil determinar qué apareció primero en nuestra imaginación: el lugar o las historias. Damasco pertenece a las segundas. Durante siglos, su nombre ha viajado unido a caravanas, jardines, mercaderes, mezquitas, patios, especias, fuentes y puertas que parecen prometer algún acontecimiento al otro lado. Buena parte de esa Damasco imaginada procede, directa o indirectamente, de las Mil y una noches. El problema comienza cuando intentamos encontrarla en un mapa, porque las Noches no son una guía de viajes y su geografía nunca pretendió serlo.

Ni siquiera estamos ante un libro en el sentido sencillo del término. Las Mil y una noches son el resultado de una larguísima transmisión de relatos de procedencias diversas —persas, árabes, indias y de otros ámbitos culturales— que circularon oralmente y por escrito, fueron agrupándose, transformándose y ampliándose durante siglos. No existe una única versión original a la que podamos regresar para comprobar cómo era exactamente el mundo de Sherezade. Existen manuscritos, recopilaciones, traducciones y adiciones que han ido formando aquello que hoy conocemos bajo ese título, y la geografía de la obra comparte necesariamente esa misma inestabilidad.

Bagdad, Basora, El Cairo y Damasco aparecen junto a territorios mucho menos precisos, islas extraordinarias, reinos remotos y espacios donde el mapa abandona discretamente sus obligaciones. Las ciudades reconocibles sirven como puntos de anclaje para historias que no sienten ninguna necesidad de permanecer dentro de lo posible. Un mercader puede comenzar su jornada en una calle que cualquier contemporáneo habría reconocido y terminarla enfrentándose a criaturas que ningún cartógrafo habría sabido situar. Esa convivencia entre lo real y lo maravilloso constituye una de las grandes fuerzas de las Noches, y Damasco resulta especialmente adecuada para sostenerla.

La ciudad es una de las más antiguas del mundo con ocupación continuada. Situada junto al oasis de Ghouta y vinculada durante milenios a rutas comerciales entre el Mediterráneo, Mesopotamia y Arabia, fue mucho antes de las Mil y una noches un lugar de paso, intercambio y acumulación cultural. Romanos, bizantinos, omeyas, ayubíes, mamelucos y otomanos dejaron capas sucesivas sobre una ciudad que nunca necesitó de la literatura para poseer una historia extraordinaria. La literatura hizo algo distinto: convirtió esa historia y esa posición geográfica en promesa narrativa.

En las Noches, el nombre de una ciudad no funciona únicamente como indicación espacial, sino que activa determinadas expectativas. Bagdad convoca el mundo del califa Harún al-Rashid, los mercados, los disfraces nocturnos y las intrigas palaciegas; El Cairo introduce otras redes de comerciantes y aventuras; Damasco pertenece a una imaginación de jardines, riqueza mercantil, arquitectura refinada y caminos que conectan mundos diferentes. Antes de aprender una topografía, el lector aprende una geografía emocional, y por eso visitar después esas ciudades produce una sensación extraña: no buscamos necesariamente un edificio concreto, sino una atmósfera que nunca existió exactamente como la imaginamos.

La Ciudad Vieja de Damasco parece durante algunos momentos colaborar con ese engaño. Las calles estrechas, los zocos cubiertos, los patios interiores, las puertas que ocultan casas mucho más amplias de lo que permite sospechar su fachada y la sucesión de espacios religiosos y comerciales proporcionan materiales suficientes para que la imaginación complete el resto. Pero la Damasco que podemos conocer pertenece a muchas épocas superpuestas. Los edificios han sido transformados, reconstruidos y reutilizados; una casa otomana puede ocupar un tejido urbano mucho más antiguo y una calle conservar una dirección histórica mientras sus comercios y habitantes cambian. La ciudad de las Mil y una noches no espera intacta detrás de ninguna esquina porque nunca existió de esa manera. La literatura no fotografió Damasco: tomó sus materiales y los transformó.

Uno de los lugares donde esa superposición resulta más evidente es la mezquita de los Omeyas. Levantada en el corazón de la ciudad sobre un espacio que había tenido usos religiosos anteriores, constituye por sí sola una lección sobre la imposibilidad de reducir Damasco a una única época. Allí hubo un templo romano dedicado a Júpiter y posteriormente una basílica cristiana asociada a san Juan Bautista antes de que, a comienzos del siglo VIII, el califa omeya al-Walid I impulsara la gran mezquita. El edificio contiene memoria religiosa, política y arquitectónica acumulada, de modo que no hace falta inventar un palacio de las Noches para encontrar estratos narrativos: la realidad ya los proporciona.

El problema aparece cuando esas capas históricas quedan reducidas a un repertorio visual. Durante mucho tiempo, Europa aprendió a imaginar determinadas ciudades de Oriente mediante una colección de cúpulas, lámparas, alfombras, celosías, patios y fuentes. Todos esos elementos podían ser reales, pero al desprenderlos de su contexto terminaron convertidos en signos intercambiables de una fantasía homogénea. Las Mil y una noches participaron de ese proceso, aunque no lo hicieron solas. Fueron las traducciones, las ilustraciones, la pintura orientalista, la literatura de viajes y posteriormente el cine quienes consolidaron una imagen que a menudo decía tanto sobre los deseos europeos como sobre las sociedades que pretendía representar.

La traducción francesa que Antoine Galland comenzó a publicar a principios del siglo XVIII tuvo una importancia decisiva en esa transformación. Los relatos alcanzaron gracias a ella una enorme popularidad europea, pero Galland no se limitó a trasladar palabras de una lengua a otra. Su versión contribuyó a construir una determinada imagen de Oriente para sus lectores y, además, incorporó historias que hoy consideramos inseparables de las Mil y una noches aunque no aparezcan en los manuscritos árabes más antiguos conocidos de la colección. Aladino y Alí Babá, por ejemplo, entraron en la tradición europea a través de Galland y de las fuentes orales de las que se sirvió. La propia historia del libro demuestra así que los relatos viajan, se transforman y regresan convertidos en algo diferente.

Damasco quedó atrapada en ese movimiento. Era al mismo tiempo una ciudad real, una ciudad narrada, una ciudad traducida y finalmente una ciudad imaginada por lectores que quizá nunca habían visto una representación fiable de Siria. El orientalismo europeo del siglo XIX intensificó todavía más el proceso. Pintores, viajeros y escritores llegaron a ciudades como Damasco buscando en ellas la confirmación de un Oriente que ya llevaban consigo antes de emprender el viaje. La paradoja es conocida: se viaja supuestamente para descubrir un lugar y después se selecciona únicamente aquello que coincide con la imagen previa, hasta obligar a la ciudad real a interpretar el papel que la imaginación extranjera le había asignado.

Todavía queda algo de ese mecanismo en la mirada turística contemporánea. El zoco debe oler a especias, el patio debe tener una fuente, la puerta debe parecer misteriosa y el comerciante debe representar una continuidad imposible con los mercaderes de hace ocho siglos. Todo aquello que no encaja —un teléfono móvil, una motocicleta, una antena, un letrero contemporáneo— parece una interferencia que estropea la fotografía. Sin embargo, son precisamente esos elementos los que recuerdan que Damasco no es un escenario conservado para los lectores de las Noches, sino una ciudad donde la vida ha continuado mientras nosotros fabricábamos imágenes sobre ella.

Las propias Mil y una noches son mucho menos estáticas que esa fantasía turística. Sus ciudades están llenas de actividad económica, engaño, deseo, violencia, negociación, pobreza, poder y movilidad social. Los personajes compran, venden, heredan, pierden fortunas, viajan, se disfrazan, mienten y cambian de posición. Los mercados tienen por ello una importancia fundamental: el zoco no es simplemente un espacio pintoresco, sino uno de los grandes mecanismos narrativos de la ciudad, porque permite encuentros entre desconocidos, circulación de rumores, reconocimiento de objetos, aparición de extranjeros y cambios repentinos de fortuna.

Damasco fue durante siglos un gran centro comercial precisamente porque ocupaba una posición estratégica dentro de redes mucho más amplias. Las caravanas que llegaban o partían de la ciudad conectaban el Mediterráneo oriental con Arabia, Mesopotamia y otras regiones, y junto con las mercancías viajaban personas, noticias, creencias y relatos. Resulta imposible reconstruir con precisión todos los caminos por los que circularon las historias que terminaron integrándose en las Mil y una noches, pero su heterogeneidad demuestra que la narración tampoco respeta fronteras culturales rígidas. Un motivo puede aparecer en lugares muy distantes, transformarse al cambiar de lengua, adquirir detalles locales y terminar pareciendo originario del lugar donde alguien lo escucha por primera vez.

Buscar una única «verdadera» geografía de las Mil y una noches está, por tanto, condenado al fracaso. Existe la Damasco histórica de las épocas en que los relatos fueron circulando y fijándose por escrito; existe la ciudad mencionada dentro de algunas historias; existe la que imaginaron traductores y lectores europeos; existe la que viajeros posteriores intentaron localizar físicamente, y existe, por supuesto, la ciudad contemporánea, obligada a soportar el peso de todas esas representaciones además del de su propia historia. Ninguna de esas Damasco puede reclamar en exclusiva la condición de auténtica, porque todas pertenecen a procesos históricos diferentes.

La guerra iniciada en Siria en 2011 añadió una dimensión dolorosa a esa distancia entre la ciudad imaginada y la real. Mientras el nombre de Damasco continuaba evocando para muchos lectores una geografía literaria de patios, jardines y zocos, Siria se convertía en escenario de violencia, desplazamientos y destrucción. Damasco no sufrió el mismo grado de devastación que otras ciudades sirias, pero la guerra transformó profundamente la vida de sus habitantes y la del conjunto del país, mientras millones de sirios se veían obligados a desplazarse dentro o fuera de sus fronteras. Una de las grandes geografías literarias de la llegada y el intercambio quedaba así vinculada, en el presente, a la experiencia del exilio.

Esa realidad obliga a preguntarse qué significa escribir hoy sobre la Damasco de las Mil y una noches. Refugiarse únicamente en la ciudad literaria puede convertirse en una forma de no mirar la contemporánea. La literatura tiene capacidad para enriquecer los lugares, pero también puede ocultarlos cuando una representación heredada resulta más cómoda que la complejidad del presente. Acercarse a Damasco desde las Noches exige, por ello, mantener abiertas las dos dimensiones: reconocer la fuerza de la ciudad imaginada sin permitir que sustituya a la ciudad habitada.

Quizá la relación más interesante entre las Mil y una noches y Damasco no consista entonces en reconstruir escenarios concretos, sino en comprender qué clase de ciudad necesitaban aquellos relatos. Necesitaban un lugar conectado, donde pudiera aparecer un extranjero sin que su presencia resultara imposible; una ciudad de comerciantes, viajeros y peregrinos, con suficiente riqueza para imaginar palacios y suficiente desigualdad para que un cambio de fortuna pudiera transformar radicalmente una vida. Necesitaban también una arquitectura donde una puerta pudiera separar mundos sociales distintos y donde entrar en un espacio no significara comprender inmediatamente lo que contenía. La Damasco histórica proporcionaba todos esos materiales.

Las casas tradicionales ayudan a comprender especialmente bien esta última idea. Muchas se organizaban alrededor de patios interiores y podían ocultar tras una fachada relativamente discreta un espacio doméstico complejo, con vegetación, agua y habitaciones distribuidas alrededor del patio. Esa arquitectura convertía el interior en una revelación y establecía una frontera clara entre la calle y la vida doméstica. No cuesta entender su afinidad con una tradición narrativa llena de secretos, identidades ocultas, reconocimientos y transformaciones: la puerta importa precisamente porque no permite saber qué existe detrás.

Algo parecido ocurre con la estructura de las Mil y una noches. Cada relato puede contener otro, y dentro de una historia alguien comienza a contar una segunda que quizá abra una tercera. La narración funciona como una sucesión de patios interiores: avanzar no significa alcanzar un centro definitivo, sino descubrir una nueva entrada. Sherezade sobrevive mediante esa arquitectura narrativa porque no necesita concluir, sino conseguir que siempre quede algo pendiente al llegar la mañana. La geografía urbana y la forma del relato terminan compartiendo así una misma lógica basada en la expectativa de lo que todavía no vemos.

Damasco añade a esa imaginación otro elemento fundamental: el jardín. La Ghouta, el oasis que rodeaba históricamente la ciudad, alimentó durante siglos su imagen de territorio fértil en contraste con regiones más áridas del entorno. Agua, árboles frutales y huertos formaron parte tanto de la economía como de la experiencia de quienes llegaban hasta allí. Para un viajero que hubiera atravesado territorios secos, la entrada en aquel espacio debía producir un efecto muy distinto del que experimenta quien contempla hoy una fotografía: el paisaje no era una decoración, sino la consecuencia de sistemas de agua, agricultura y conocimiento acumulado.

La imaginación europea conservó a menudo el resultado y olvidó su funcionamiento. La fuente dejó de ser también infraestructura y se convirtió en ornamento; el patio perdió su relación con el clima para transformarse en signo de exotismo; el jardín dejó de producir alimentos y sombra y pasó a representar una sensualidad oriental genérica. Esa reducción permite comprender hasta qué punto una geografía literaria puede alejarse de la realidad incluso cuando utiliza elementos perfectamente reales. Leer la ciudad exige volver a conectar aquello que la fantasía separó.

Por eso Damasco no necesita parecerse a las Mil y una noches para justificar nuestra imaginación literaria. Lo interesante está precisamente en observar la distancia entre ambas. La ciudad histórica explica algunos de los materiales con los que pudo construirse aquel universo narrativo, mientras que el libro explica algunas de las formas en que generaciones de lectores aprendieron después a imaginar la ciudad. Ninguno contiene al otro y ninguno debería utilizarse para borrar la complejidad del contrario.

La pregunta sobre dónde está la Damasco de Sherezade admite así una respuesta poco satisfactoria para cualquier guía turística: está en muchas partes y, al mismo tiempo, en ninguna que pueda señalarse con precisión. Permanece en calles que han cambiado de nombre y de habitantes, en mercados transformados durante siglos, en patios reconstruidos, en jardines reducidos por la expansión urbana, en edificios donde distintas religiones dejaron capas sucesivas y en manuscritos copiados por personas cuyos nombres desconocemos. También está en traducciones que añadieron relatos y en lectores que completaron con imaginación aquello que nunca habían visto.

Tal vez esa sea la razón por la que Damasco sigue pareciendo una ciudad literaria incluso cuando intentamos separarla de todos los tópicos acumulados sobre ella. Su historia real posee algo de la estructura de las Noches: cuando creemos haber encontrado un principio, descubrimos una historia anterior. Una mezquita conserva la memoria de otros espacios religiosos; una casa otomana ocupa una calle mucho más antigua; un relato árabe contiene motivos que viajaron desde otras culturas; una traducción francesa devuelve después esas historias transformadas al imaginario mundial. La ciudad y el libro se parecen menos por sus decorados que por esa resistencia a ofrecer un origen único y una lectura definitiva.

Quizá la mejor manera de acercarse a la Damasco de las Mil y una noches sea, por tanto, renunciar a encontrarla intacta. Su verdadera continuidad está en la idea de una ciudad como cruce de caminos, lenguas, mercancías y relatos; un lugar donde llegar significa entrar en una historia que ya había empezado y marcharse supone llevarse una parte para contarla en otro sitio. Sherezade comprendió que una narración sobrevive cuando alguien necesita escuchar la siguiente, y Damasco lleva milenios demostrando que con las ciudades puede ocurrir algo parecido. Seguimos contándolas porque nunca terminamos de comprenderlas, pero el desafío consiste en recordar que detrás de cada ciudad leída existe otra habitada por personas reales y que ninguna fantasía, por hermosa que sea, debería impedirnos verla.