El tren se detuvo en Friburgo con un chirrido largo, como si también él dudara en entrar en el bosque. Desde la ventanilla había visto cómo el paisaje se espesaba: colinas verdes, abetos cada vez más juntos, sombras que se adelantaban a la tarde. Parecía que alguien estuviera bajando un telón de hojas. En la mochila llevaba una edición de Cuentos de la infancia y del hogar de los hermanos Grimm, la misma que leí de niña con miedo y fascinación. Ahora, muchos años después, estaba a punto de recorrer el escenario que los había inspirado: la Selva Negra.
Senderos de cuento
La primera caminata la hice siguiendo un sendero que salía casi desde el centro de Friburgo. Bastó andar diez minutos para que la ciudad desapareciera tras los árboles. El aire olía a resina y a tierra húmeda, y cada rama parecía guardar un secreto. Abrí el libro por el relato de «Hansel y Gretel». Leí un párrafo en voz baja mientras seguía el sendero, y el crujido de las hojas secas bajo mis pies se convirtió en un eco siniestro: pasos detrás de mí, aunque sabía que estaba sola.
Me detuve en un claro. El sol se filtraba apenas en haces finos, como si el bosque concediera luz a cuentagotas. Pensé en los dos niños abandonados, en el miedo de no encontrar el camino de regreso, y de pronto el cuento dejó de ser una historia para niños: era una advertencia ancestral, casi un mapa de supervivencia. Entendí entonces por qué los Grimm no necesitaban inventar escenarios: bastaba caminar unos minutos por la Selva Negra para que el paisaje narrara por sí mismo.
Pueblos encantados
Otro día tomé un tren corto hasta Triberg. El pueblo parecía salido de una maqueta: casas de entramado de madera, balcones con flores, relojes de cuco en cada escaparate. Había un aire de decorado que me hizo sonreír, como si el pueblo supiera que estaba actuando el papel de «lugar de cuento».
Entré en una pastelería y pedí una tarta Selva Negra. La tarta, con su equilibrio de crema, chocolate y cerezas, parecía perfecta. Mientras la probaba, abrí el libro por «Blancanieves». Fue inevitable comparar: la dulzura del pastel con la crueldad del relato original, donde la reina ordena traer el hígado y los pulmones de la niña. Una señora a mi lado me preguntó de dónde venía y, al saber que era española, me dijo en un inglés lento: «Aquí todo es más dulce en las vitrinas que en los cuentos». Brindamos con café por esa verdad.
Más tarde, en Gengenbach, paseé por la plaza central mientras el carillón de un reloj marcaba la hora con figuras que parecían personajes de fábula. El lugar entero era un escenario: fachadas que parecían ilustraciones, calles que se abrían como capítulos. Pero bajo la postal seguía latiendo el bosque, apenas a unos pasos de distancia.
Entre mito y turismo
En una excursión organizada me uní a un grupo que recorría la llamada «ruta de los cuentos». El guía nos habló de «Caperucita Roja» y de cómo los lobos fueron exterminados en la región en el siglo XIX. Su versión era amable, casi infantil. Yo, mientras tanto, releía en silencio el texto de los Grimm: allí no había moralejas dulces, sino violencia, miedo y advertencias directas sobre los peligros del mundo.
En una tienda de souvenirs, las estanterías estaban llenas de brujas sonrientes de cerámica, enanos de barba blanca y lobos de peluche. Me imaginé qué habrían pensado Jacob y Wilhelm Grimm de esa conversión de sus relatos oscuros en juguetes inofensivos. Quizá no les habría sorprendido tanto: sabían que los cuentos se adaptan a cada época. Pero mientras caminaba de regreso al hotel, una ráfaga de viento levantó las hojas secas y el bosque me recordó que la versión edulcorada es solo una máscara. La Selva Negra conserva intacta su capacidad de inquietar.
La Selva Negra como narradora
La experiencia más intensa la viví una tarde, al internarme sola por un sendero estrecho que llevaba a una cascada. El cielo estaba encapotado, y a medida que avanzaba el bosque se volvía más silencioso. Abrí el libro por «El lobo y los siete cabritos». Apenas leí un par de párrafos cuando escuché un crujido a mis espaldas. Giré bruscamente y no vi nada, solo ramas agitadas por el viento. Pero el corazón me dio un salto: por un instante sentí que el cuento me estaba observando.
Me detuve junto al agua de la cascada, que caía con fuerza y llenaba el aire de rocío. El bosque, con su olor a musgo y a humedad, no era solo escenario: era narrador. No necesitaba a los Grimm para contar su historia, pero ellos supieron darle voz escrita. Allí comprendí que los cuentos no inventaron el miedo: lo recogieron del bosque y lo devolvieron en forma de relato.
El recuerdo duplicado
De regreso a casa, abrí mi edición de los Grimm. En «Hansel y Gretel» reconocí el claro donde me había detenido; en «Blancanieves» volví a saborear la tarta de cerezas; en «Caperucita Roja» escuché otra vez el viento entre las ramas. El viaje se había colado en las páginas, y ahora el libro y el bosque eran inseparables en mi memoria.
Entendí entonces que los cuentos no estaban pensados para tranquilizar a los niños, sino para enseñarles que el mundo tiene sombras. Y que el bosque, con su capacidad de revelar más que de ocultar, es el escenario perfecto para recordarlo.
Al salir del bosque comprendí que los cuentos no nacen para calmarnos, sino para recordarnos lo frágil de la luz entre tanta sombra. La Selva Negra sigue narrando, como lo hizo siempre, y yo me limité a ser su lectora pasajera.

