Hay películas que no se sostienen solo por lo que son, sino por el momento en que entraron en la vida de quien las vio. El diabólico plan del Dr. Fu Manchú (1980), dirigida por Piers Haggard y protagonizada por Peter Sellers, Helen Mirren y David Tomlinson, pertenece a esa categoría peculiar: cine que no se deja separar del todo de la memoria.
Vista hoy, la película es lo que es: una sátira deslenguada, irregular, construida alrededor de un único motor cómico. Vista entonces —en la infancia, en el contexto del estreno— funcionaba de otro modo: como una puerta de entrada al cine entendido como juego, exceso y caricatura. El tiempo no borra esa primera experiencia; la reordena.
Peter Sellers y el exceso como método
Todo gira en torno a Peter Sellers. No hay disimulo posible. La película existe para él y a través de él. Su interpretación de Fu Manchú no busca verosimilitud ni contención: es una acumulación consciente de gestos, acentos y exageraciones.
Sellers trabaja desde el desborde. Su personaje no pretende ser inquietante; pretende ser reconocible como artificio. La parodia no se esconde, se exhibe. Hay algo casi mecánico en su forma de construir el humor: repetición, ritmo, deformación.
No es una de sus composiciones más afinadas, pero sí una de las más libres. Y esa libertad, aunque irregular, define la película.
Una comedia situada en su tiempo
El film responde a una lógica muy concreta: la de una parodia tardía de los villanos pulp, llevada al límite de la caricatura. No intenta actualizar el mito de Fu Manchú, sino exagerarlo hasta volverlo irreconocible.
Vista desde el presente, esa operación resulta problemática en algunos aspectos. El humor no siempre resiste el paso del tiempo, y ciertas decisiones hoy generan distancia o incomodidad. Pero reducir la película a esa lectura sería simplificarla.
Pertenece a un momento en el que el cine cómico funcionaba con otros códigos, menos atentos a la recepción futura. Y ese contexto forma parte de lo que la película es.
El equilibrio de los secundarios
En medio del exceso, Helen Mirren y David Tomlinson cumplen una función esencial: sostener el contraste. Mirren aporta una presencia medida, casi elegante, que introduce un punto de estabilidad. No compite con el disparate; lo encuadra.
Tomlinson, por su parte, encarna esa tradición británica del secundario sólido, capaz de acompañar sin diluirse. Su papel no busca protagonismo, sino equilibrio.
En una película tan centrada en una única energía, esa contención resulta necesaria.
Verla hoy: dos miradas superpuestas
El regreso a la película años después implica una doble lectura. Por un lado, está el objeto cinematográfico: irregular, excesivo, con un humor que no siempre se sostiene. Por otro, está la experiencia acumulada: el recuerdo de una forma de ver cine sin filtros.
La risa cambia. La distancia aparece. Pero también se reconoce algo: el placer del ritmo, del gesto exagerado, del juego sin pretensión de profundidad.
La película pierde inocencia, pero gana espesor como testimonio.
El cine como memoria
Hay películas que permanecen no por su calidad, sino por su lugar en una vida. El diabólico plan del Dr. Fu Manchú funciona como una cápsula temporal. Al revisitarla, no solo se recupera una historia, sino una forma de mirar.
Ese tipo de vínculo no responde a criterios estrictamente estéticos. Tiene que ver con la persistencia. Con el hecho de que una película siga ahí, años después, ocupando un espacio propio.
A veces, eso dice más que cualquier análisis.
Epílogo
No es una gran comedia ni pretende serlo. Es una pieza excesiva, sostenida por un actor en estado de libertad casi total, que pertenece tanto a un momento del cine como a una memoria personal.
Puede verse hoy con distancia crítica. Incluso con cierta incomodidad en algunos aspectos. Pero eso no invalida su lugar.
Porque hay películas que no se recuerdan por lo que fueron, sino por lo que activaron. Y en ese terreno —impreciso, pero persistente— este tipo de cine sigue teniendo sentido.
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