Llegas a un pueblo costero de Italia con la serenidad de quien cree haber aprendido algo en la vida. Has viajado antes. Sabes cómo funciona el sol. Conoces la existencia del protector solar. No eres una persona imprudente. O eso te repites mientras aceptas, con naturalidad mediterránea, la propuesta inevitable: un paseo en bote por el mar.
El plan suena perfecto. Agua azul. Barco pequeño. Conversación relajada. Esa postal que luego alguien describirá como «auténtica». Te subes al bote con gafas de sol, sombrero mental —porque el físico, no— y una confianza injustificada en que «no será para tanto». Spoiler: siempre es para tanto.
El paseo empieza bien. Demasiado bien. El mar está en calma, el sol brilla con una intensidad casi halagadora y tú te sientes integrada en el paisaje, como si pertenecieras a ese lugar desde siempre. Ríes. Escuchas historias. Asientes como si entendieras perfectamente los matices locales. Todo fluye. Y aquí estamos…
Porque el sol, mientras tanto, no fluye: insiste. Rebota en el agua. Sube desde abajo, desde los lados, desde ángulos que la ciencia aún no ha cartografiado del todo. Tú sigues sin protector solar. No por rebeldía, sino por ese olvido confiado que solo ocurre en vacaciones, cuando el cerebro entra en modo ahorro de energía.
Horas después, bajas del bote sintiéndote un poco cansada, un poco acalorada, pero aún optimista. Es al mirarte en un reflejo improvisado —un cristal, una ventana, una mirada ajena que se detiene medio segundo de más— cuando lo entiendes. La nariz. Roja. No roja saludable. Roja conceptual. Roja como advertencia.
Tus nuevos amigos lo notan antes incluso de que tú lo asimiles del todo. Primero hay una pausa. Luego, sonrisas. Finalmente, risas abiertas, afectuosas, imposibles de reprochar. No hay malicia. Hay diversión genuina. Has pasado, sin transición, de viajera curiosa a ejemplo viviente de lo que no debe hacerse bajo el sol italiano.
Intentas explicarte. Que si el viento, que si no parecía tan fuerte, que si normalmente te pones protector. Nadie te cree. Ni falta que hace. La nariz ya ha hablado por ti. Es un tomate orgulloso, visible desde cualquier ángulo, integrado sin esfuerzo en la conversación.
Durante los días siguientes, el apodo se instala. Cada comentario viene acompañado de una referencia sutil al color. Cada recomendación incluye, casualmente, la palabra «crema». Te ofrecen sombra. Te preguntan si «arde mucho». Tú ríes, porque no hay alternativa digna. El dolor es real, pero la escena es demasiado buena para estropearla con susceptibilidad.
Y aquí estamos…
Aprendiendo que el sol no negocia, que Italia no perdona despistes cutáneos y que la amistad viajera se consolida, muchas veces, a costa de la propia epidermis.
La nariz volverá a su color habitual. El paseo en bote quedará en la memoria. Pero lo que realmente permanece es la risa compartida, ese momento en que dejas de ser visitante y pasas a ser historia local, aunque sea por algo tan básico como olvidarte el protector solar.
Moraleja no solicitada: en el mar, en Italia y en la vida, la confianza está bien. La crema solar, mejor.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

