El suspenso de la traducción literaria (o cuando los árboles deciden alzar la voz)

Lees la traducción con una calma razonable. Frases correctas. Léxico adecuado. Todo parece avanzar sin sobresaltos hasta que llegas a esa línea que, en el original, decía algo tan sencillo y tan eficaz como: «El viento cantaba entre los árboles».

Poesía discreta. Imagen clara. Nada que asuste.

En la traducción automática, sin embargo, el viento ya no canta. El viento grita. Y no lo hace entre los árboles, sino a través de los troncos. De pronto, el bosque ha pasado de escenario lírico a película de terror de bajo presupuesto.

Te detienes. Relees. No por placer, sino por incredulidad. El viento grita. Los troncos, aparentemente, permiten el paso del sonido como si fueran túneles acústicos. Los árboles ya no se mecen: participan activamente en una escena inquietante que nadie pidió.

Y aquí estamos…

Intentando entender en qué momento exacto la metáfora decidió descomponerse. Porque sing y shout no son lo mismo. Entre y a través de tampoco. Pero el traductor automático no trabaja con matices: trabaja con equivalencias brutales. Donde había música, ahora hay alarido. Donde había atmósfera, ahora hay amenaza.

El problema no es solo estético. Es narrativo. El viento que canta sugiere continuidad, ritmo, cierta armonía con el entorno. El viento que grita introduce conflicto, violencia, urgencia. Cambia el género del texto en una sola frase. Ya no estás leyendo una escena contemplativa; estás esperando que algo horrible ocurra en la siguiente línea.

Empiezas a imaginar al lector. Ese lector que no conoce el original y que acepta, con naturalidad, que el paisaje se ha vuelto agresivo sin previo aviso. Pensará que es una elección consciente del autor. Que has querido transmitir angustia. Que el bosque es hostil. Todo eso gracias a una traducción que ha decidido subir el volumen emocional sin consultarte.

Lo más fascinante es la seguridad con la que ocurre. El traductor automático no duda. No se pregunta si el viento puede cantar. No se plantea el efecto de gritar. Ejecuta. Sustituye. Avanza. Como si la literatura fuera una sucesión de acciones físicas sin carga simbólica.

Tú, en cambio, tienes que deshacer el entuerto. Volver a pensar la frase. Recuperar el tono. Devolverle al viento su música y a los árboles su silencio digno. Porque, seamos sinceros, bastante tienen ya con existir como para ponerse a vocalizar.

Corriges. Ajustas. El bosque vuelve a su sitio. Respira. El texto se calma. Pero el susto queda. Esa sensación incómoda de que, en manos inadecuadas, una imagen puede transformarse en otra cosa completamente distinta sin dejar rastro del crimen.

Y aquí estamos…

Aceptando que la traducción literaria no admite atajos sin consecuencias. Que una palabra mal elegida no solo desafina: reescribe la escena. Que el lenguaje poético es especialmente vulnerable a estas operaciones quirúrgicas sin anestesia.

La próxima vez que leas que el viento canta, lo agradecerás. No porque sea especialmente bonito, sino porque sabes lo que podría haber pasado. Porque has visto un bosque gritar. Y no hay experiencia que eduque más el criterio que haber devuelto la voz a los árboles… para pedirles, muy amablemente, que vuelvan a callar.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).