Todo comienza con una idea brillante, de esas que parecen perfectamente razonables cuando el café aún no ha hecho efecto: «Hoy empiezo a cuidarme. Rutina de ejercicio en casa. A lo grande. HIIT a las siete de la mañana».
Claro, suena fenomenal. Ves el vídeo de la instructora, toda sonrisa y energía, y piensas: «Si ella puede, yo también. Solo son veinte minutos». Y aquí estamos…
Minuto 2: ya estoy sudando como si hubiera corrido la maratón de Nueva York con una mochila llena de diccionarios.
Minuto 5: el suelo empieza a parecer más cómodo que nunca y la idea de quedarme ahí para siempre adquiere una lógica inquietante.
Minuto 8: la instructora grita «¡sonríe, esto te da energía!» mientras yo intento recordar si redacté testamento.
Minuto 12: las piernas tiemblan como si hubieran decidido independizarse sin previo aviso.
Minuto 15: veo mi reflejo en la pantalla y descubro que no estoy entrenando: estoy protagonizando un documental de supervivencia en interiores.
Al llegar al minuto 20, la instructora sigue fresca, impecable, con coleta perfecta. Yo, en cambio, tengo cara de haber visto la muerte en alta definición y el pelo pegado a la frente como si acabara de salir de una tormenta tropical.
Cierro el portátil, me dejo caer en el sofá y pienso que quizá debería haber empezado con una caminata ligera. O, siendo sensata, con estiramientos suaves. O, siendo honesta, con no hacer nada todavía.
Y aquí estamos… a las siete y media de la mañana, con las piernas temblando, la dignidad extraviada y la firme promesa de que la próxima vez haré yoga. O pilates. O respiraciones conscientes. O, siendo realista, café.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

