La belleza de una buena frase

En medio de párrafos que se arrastran, diálogos que tropiezan y adjetivos que se pelean entre sí, de pronto aparece.

Una frase.

Clara, limpia, exacta.

La leo y sonrío. No necesita corrección, ni una coma desplazada. No me pide nada. Solo estar.

La belleza de una buena frase no está en que sea perfecta según las reglas, sino en cómo late.

En que suena como debe sonar. En que abre un espacio donde todo encaja y, al terminarla, queda un eco suave que invita a volver atrás y releerla.

Una y otra vez.

Cuando encuentro una de esas frases, no me apresuro a marcarla en amarillo ni a comentarla con entusiasmo. Solo me detengo. La dejo reposar. La disfruto como quien encuentra un rincón secreto en una ciudad conocida.

Es un recordatorio íntimo: detrás de cada texto que corrijo hay alguien capaz de escribir algo que me conmueve.

Y entonces pienso que, quizá, mi trabajo no es solo señalar lo que sobra o se tuerce, sino reconocer también lo que brilla. Porque esas frases son las que sostienen al autor cuando duda, las que nos sostienen a nosotros cuando leemos.

Las que nos recuerdan por qué seguimos escribiendo, corrigiendo, leyendo.

Las que no se tocan. Como piedras preciosas incrustadas en la corriente de la escritura.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).