No todos los libros llegan para corregirse. Algunos llegan como un regalo inesperado, como un recordatorio de por qué seguimos en este oficio lleno de teclas gastadas y ojos cansados. Son esos libros que, desde la primera página, te reconcilian con el lenguaje.
Hay días en los que las palabras parecen desgastadas, rutinarias, incapaces de sorprender. Entonces aparece un texto que respira distinto. Una voz que no grita, pero se escucha con claridad. Un párrafo que avanza con una cadencia que no exige corrección, solo atención. Y te descubres subrayando, no por deber, sino por gratitud.
Esos libros enseñan sin proponérselo. Te recuerdan recursos olvidados, giros sutiles, maneras de nombrar el mundo que parecían dormidas. Y con cada página sientes que algo en ti se reordena: la certeza de que el lenguaje, bien trabajado, sigue siendo un lugar donde quedarse a vivir.
A veces no quieres devolverlos. Los dejas sobre la mesa, abiertos, como si su presencia pudiera contagiar algo al resto de tu trabajo. Los miras de reojo entre un informe gris y un manual técnico interminable, y piensas: vale la pena. Porque ahí está la prueba de que la literatura no ha perdido su fuerza, de que todavía hay frases capaces de sacudirte sin previo aviso.
No son lecturas perfectas, ni falta que hace. Lo importante es que respiran verdad, que tienen un pulso propio. Y entonces el oficio vuelve a cobrar sentido: corregir no es solo tachar lo torcido, sino acercarse a esa aspiración de claridad y belleza.
Cuando me encuentro con un libro así, siento que me reconcilia con todo lo demás. Con los manuscritos caóticos, con las batallas por una coma, con las versiones interminables. Porque me recuerda lo esencial: que las palabras, cuando encuentran su lugar, siguen siendo una de las formas más hermosas de estar en el mundo. Y de recordarnos que corregir, en el fondo, también es leer con gratitud.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

