Las notas al margen que se convierten en conversación

Hay correcciones que se parecen a una cirugía: rápidas, limpias, sin espacio para dudas. Se corta, se cose y se sigue adelante. Y luego están las otras, esas que nacen de una frase anotada al margen y acaban convirtiéndose en algo distinto: una conversación.

Comienza con un comentario breve: «¿Quizá este adjetivo se repite demasiado?». El autor responde: «Lo mantuve porque quería que resonara, pero quizá tienes razón». Y entonces se abre un pequeño espacio, un puente. Una voz que escribe y otra que acompaña.

Las notas al margen son, en apariencia, un territorio mínimo: signos de interrogación, sugerencias discretas, una frase entre corchetes. Pero cuando se convierten en diálogo, son mucho más. Son el lugar donde se revela la confianza. El autor expone sus dudas, la editora sus observaciones, y entre ambos se va tejiendo algo que no pertenece del todo a ninguno: un texto fortalecido por la conversación.

A veces la nota se vuelve casi epistolar:

«¿No crees que este personaje entra demasiado pronto?».

«Sí, lo pensé, pero quería que tuviera presencia desde el principio. ¿Y si lo retraso un par de páginas?».

«Ahí funcionaría mejor».

Y así, entre comentarios al margen, se va construyendo una correspondencia.

Ese diálogo silencioso enseña algo importante: escribir no siempre es un acto solitario, a pesar de las distancias, la tecnología… Cuando se permite la entrada de otra mirada, surge un espacio compartido. No se trata de imponer ni de defender con uñas y dientes cada palabra, sino de escuchar, de ceder, de reconocer cuándo una sugerencia abre una puerta que no se había visto y comprender los motivos de quien decidió.

Al final, el texto se transforma. Pero también se transforman quienes lo trabajan. La autora aprende a leer con otros ojos. La editora recuerda que su papel no es desmantelar, sino acompañar. Y en medio, esas notas al margen quedan como huellas: rastros de un diálogo que no se oye, pero que late bajo cada página.

Y cuando el libro llega a manos del lector, nadie ve esos comentarios ocultos. Pero están ahí, invisibles, sosteniendo el texto. Como cartas nunca enviadas que, aun así, dejaron su marca.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).