Un día decides que ha llegado el momento. Basta de camisetas cómodas, gafas con cinta y moños de guerra: «Voy a renovar mi imagen». Suena grandioso, casi como si fueras a presentar una candidatura política o a relanzar tu carrera en Hollywood.
Haces listas mentales: ropa sobria pero elegante, gafas que digan intelectual con criterio, un corte de pelo que grite soy profesional, pero con chispa. Y aquí estamos…
Primera parada: la peluquería. Sales convencida de que ahora luces «estilo parisino», cuando en realidad te miras en el espejo y ves a un general prusiano del siglo XIX con inquietudes estéticas.
Segunda parada: las gafas. Elegantes, minimalistas, sí… hasta que tu reflejo te devuelve la imagen de una sufragista inglesa recién salida de una manifestación en 1908, con agenda propia y mirada severa.
El colmo llega con la ropa. Te pruebas un conjunto que en la foto de la web parecía sofisticación urbana. En ti, parece el uniforme no oficial de una institutriz victoriana con pocas horas de sueño y demasiadas responsabilidades.
El resultado final: la supuesta renovación no es más que una sesión de espiritismo con la historia de la moda. Un desfile de personajes que nunca pediste interpretar: desde exploradores coloniales hasta profesoras de piano del siglo pasado.
Pero sonríes, claro. Porque la dependienta te dice: «Te queda ideal, moderna y atemporal a la vez». Atemporal, sí: perfectamente lista para aparecer en una enciclopedia ilustrada, tomo III, sección «figuras ambiguas».
Y aquí estamos…
Con la tarjeta temblando, un look que ni Freud se atrevería a analizar y la certeza de que la única renovación real será volver al uniforme universal del freelance: ropa cómoda, café en mano y la esperanza de que Zoom tenga activado el filtro de dignidad mínima.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

