Sales a correr temprano. Temprano de verdad. De ese temprano que te hace sentir ligeramente superior al resto de la humanidad, que todavía duerme o finge que madrugar no existe. Te ajustas las zapatillas con determinación. Sales a la calle convencida de que hoy sí: hoy dominas el mundo, el cuerpo y, si se tercia, el sistema solar.
Los primeros minutos son gloriosos. Respiras. Avanzas. El ritmo es razonable. El aire fresco parece una decisión inteligente, casi adulta. Piensas frases motivacionales sin darte cuenta. Te sorprendes a ti misma sintiéndote fuerte, eficiente, ligeramente invencible. Corres como si hubieras leído muchos libros de autocontrol y los estuvieras aplicando todos a la vez.
Quince minutos después, el universo introduce una corrección.
Primero es una ligera sensación de irrealidad. Como si el paisaje hubiera bajado medio punto de nitidez. Luego, el mareo discreto pero firme. El cuerpo, ese traidor constante, recuerda que la tensión es baja, que el café todavía no ha hecho su trabajo porque, sencillamente, no ha ocurrido. Sigues avanzando unos pasos más, por orgullo. Grave error.
Localizas una banca. Bendita banca. Te sientas con la dignidad que te queda, que no es mucha pero es suficiente para no tumbarte en posición fetal. Apoyas los codos en las rodillas. Respiras como si acabaras de subir una montaña inexistente. El mundo, que hace un momento dominabas, ahora gira con entusiasmo propio.
Y aquí estamos…
Sentada en una banca pública, vestida de deportista funcional, pidiendo mentalmente un café urgente como si fuera asistencia médica básica. No un café cualquiera. Un café de verdad. Negro. Rápido. Salvífico.
Miras a tu alrededor intentando parecer alguien que descansa estratégicamente, no alguien cuya presión arterial ha decidido improvisar una performance. Si pasa alguien, sonríes con esa sonrisa ambigua que dice «entreno consciente» y en realidad significa «si no aparece cafeína en cinco minutos, llamen a alguien».
Empiezas a negociar contigo misma. Quizá correr no era tan buena idea en ayunas. Quizá el mundo puede dominarse después del desayuno. Quizá los gurús del running matinal omiten ciertos detalles por razones de marketing. El cuerpo, entretanto, permanece sentado, inmóvil, firme en su negativa a continuar.
Cuando el mareo afloja, te levantas despacio. Muy despacio. No hay prisa. El plan ha cambiado. Ya no se trata de kilómetros ni de marcas personales. El objetivo es claro y único: llegar a un café, a una cocina, a una máquina, a cualquier lugar donde alguien entienda la palabra «urgente» aplicada a una taza.
Regresas caminando con una humildad recién adquirida. El mundo sigue ahí, intacto, sin haber sido dominado por ti en absoluto. Tomas nota mental: el orden natural de las cosas incluye café antes de la épica.
Y aquí estamos…
Aprendiendo, una vez más, que la voluntad está muy bien, pero la tensión baja no negocia. Que el cuerpo tiene memoria, agenda propia y veto absoluto. Y que antes de conquistar nada —ni el día, ni la ciudad, ni una simple acera— conviene asegurarse de haber tomado un café como Dios manda.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

