La noche transcurre sin sobresaltos y el cuerpo, por fin, se permite dormir sin vigilancia. No hay pensamientos, ni símbolos, ni visitas interiores: solo descanso. Al despertar, la casa sigue en calma y la luz entra sin urgencia. Lauren descubre que no necesita escribir ni entender nada para estar bien. El silencio, esta vez, no es vacío: es sostén.
