La rutina matinal de Lauren —el despertar marcado por Tinto, el paseo por el barrio, el pan recién hecho— transcurre con la precisión habitual hasta que, al regresar a casa, algo imperceptible se desajusta. No hay señales visibles, pero el aire ha cambiado: tiene otra densidad, otro olor, otra atención. La casa, idéntica a sí misma, parece levemente desplazada. Tinto percibe antes que nadie la anomalía; los libros devuelven una luz extraña y el volumen rojo reaparece abierto en el dormitorio, con una frase que no recuerda haber leído. Sin miedo ni dramatismo, Lauren comprende que lo ocurrido tras la caída continúa: no como episodio extraordinario, sino como una modificación del pulso cotidiano. Decide aceptar la espera y asumir su papel más elemental —anotar— mientras la casa, el silencio y el aire empiezan a moverse según una partitura antigua que vuelve a activarse.
