Tras las huellas de Don Quijote en La Mancha

La carretera se estiraba como una línea sin final. El calor ondulaba sobre el asfalto y el horizonte parecía siempre un poco más lejos de lo que debería. Avanzaba en moto, con el Quijote en la mochila, como quien lleva un mapa que no señala ninguna ruta concreta. Me habían advertido: «Aquí cada pueblo asegura ser el verdadero lugar de la Mancha», y, sin embargo, sospechaba que esa era precisamente la gracia: recorrer sin la certeza de llegar nunca al destino exacto.

En busca del hidalgo

La primera parada fue en un pueblo blanco, coronado por molinos de aspas renovadas. Había turistas fotografiando las máquinas como si fueran gigantes congelados. Subí hasta uno de ellos y apoyé la mano sobre la madera rugosa. El viento hacía girar las aspas con un quejido grave. Abrí el libro por el capítulo donde don Quijote confunde molinos con gigantes, y leí en voz alta unas líneas. El contraste era evidente: la escena estaba viva en mi memoria, pero frente a mí había un monumento restaurado, pintado de blanco, con un panel explicativo al pie.

Un anciano que pasaba por allí me sonrió:

—Todos dicen que aquí empezó, pero no se fíe. La Mancha es grande, y Cervantes no lo dejó claro.

Tenía razón. Cervantes fue deliberadamente ambiguo: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…». Ese desdén literario había abierto siglos de disputa. Cada pueblo reclama su parte, cada cartel turístico lo asegura. Y el viajero, como yo, se ve atrapado en un juego de espejos donde el lugar nunca termina de coincidir con la palabra.

Paisaje y ficción

Seguí la ruta por carreteras secundarias, con viñedos a ambos lados y trigales amarillos que el sol convertía en oro líquido. El aire olía a polvo y a uva madura. Me detuve junto a una encina solitaria y saqué el libro otra vez. Leí un pasaje sobre los caminos polvorientos y comprendí que lo que tenía delante era exactamente eso: polvo, horizonte, llanura.

El paisaje manchego es aparentemente monótono, pero tiene algo hipnótico. Esa repetición de lomas suaves y campos interminables genera un efecto parecido al de una lectura larga: uno se deja arrastrar, pierde la noción del tiempo, entra en otro ritmo. Entendí que Cervantes no necesitaba montañas ni mares: le bastaba con este vacío para crear un escenario infinito donde cabían todas las aventuras.

Mientras leía, las aspas de un molino lejano giraban lentamente. Por un momento me pareció que me observaban. Era fácil caer en la tentación de creer que la ficción no estaba tan lejos de la realidad.

Los lugares inventados

En una venta de carretera pedí un café y un trozo de pan con queso. El camarero, al ver el libro sobre la mesa, sonrió:

—¿También anda buscando el lugar del hidalgo? Aquí dicen que fue por estas tierras.

En la barra, dos hombres mayores comenzaron a discutir sobre si su pueblo o el de al lado podía considerarse «el verdadero lugar de la Mancha». Uno citaba a un investigador, el otro a un cronista local. Yo escuchaba divertida, como si Cervantes hubiera planeado esta confusión para siempre.

Quizá lo importante no sea encontrar el lugar, pensé, sino recorrerlo con esa duda. Cada venta, cada pueblo, cada molino tiene derecho a ser escenario. La Mancha se expande en la imaginación y se multiplica en cada visitante.

La Mancha como metáfora

Al caer la tarde, tomé una carretera solitaria. El sol se hundía lentamente y el cielo se pintaba de naranja. A los lados, los molinos se recortaban como siluetas contra la llanura. Detuve la moto y apagué el motor. El silencio se extendió como un manto.

Pensé entonces que la Mancha no es solo geografía. Es una metáfora: el lugar donde la realidad se confunde con el sueño, donde los molinos pueden ser gigantes si uno se atreve a mirarlos así. Cervantes no nos dio un mapa porque no lo necesitábamos. Nos entregó, en cambio, una invitación a perdernos.

Sentada en la cuneta, abrí una última vez el libro. Leí en voz baja, casi como una oración íntima: «La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos». Y entendí que ese era el verdadero territorio de la Mancha: la libertad de imaginar.

Regreso a casa

Al emprender el regreso, supe que no podía señalar en un mapa el lugar exacto que había buscado. Pero tampoco me hacía falta. En La Mancha aprendí que no hay coordenadas para lo imaginario. El lugar que muchos buscan y pocos encuentran no se mide en kilómetros, sino en la disposición a perderse, a confundir la realidad con el sueño.

Quizá Cervantes lo sabía: que la verdadera Mancha no está en los carteles ni en los molinos restaurados, sino en los ojos de quien la recorre.