Trabajar desde casa tiene muchas ventajas. No hay atascos matutinos, la cafetera está siempre a mano y nadie juzga si decides quedarte en zapatillas todo el día. Pero también tiene sus riesgos. Y no hablo de la tentación de «ver solo un capítulo más» de tu serie favorita a las once de la mañana. No. Hablo de algo mucho más silencioso, peludo y aparentemente inofensivo: el gato.
Llevo años trabajando como correctora y traductora freelance desde mi oficina en Madrid. Pero hay días —esos días en los que piensas que el universo conspira contra ti— en los que decides quedarte en casa. Por comodidad, porque el metro está imposible o porque tu nevera necesita supervisión directa. Y claro, en casa está él. Mi gato. Un adorable estratega del caos. Y aquí estamos.
Era un martes cualquiera. Tenía que enviar una traducción bastante técnica a un cliente británico. Nada podía fallar. Releí el texto una última vez, corregí dos comas rebeldes y preparé el archivo para enviarlo. Justo cuando estaba a punto de pulsar «Adjuntar», sentí ese inconfundible movimiento felino sobre la mesa. Antes de poder reaccionar, mi gato decidió que el teclado era el lugar perfecto para su siesta exprés.
En menos de un segundo, el documento pasó de estar impecable a convertirse en un jeroglífico digital, mezcla de teclado averiado y caos visual. Sangrías descolocadas, títulos en Comic Sans —¿cómo ha hecho eso?— ni los manuales de Microsoft se atreven a tanto, y, lo más inquietante, parte del texto en negrita y fucsia. ¡Fucsia!
Respiré hondo. Levanté al culpable, que me miró con esa indiferencia tan felina, como diciendo: «No veo el problema». Y ahí estaba yo, en plena crisis preenvío, deshaciendo los estragos mientras el reloj avanzaba con su cruel puntualidad.
Este pequeño desastre me recordó una de las grandes verdades del teletrabajo: la casa es territorio compartido. Y tus compañeros de oficina peludos no siempre entienden la importancia de los plazos de entrega.
También me enseñó otra cosa: guardar copias de seguridad cada cinco minutos es un acto de amor propio. Y tener el teclado bloqueado cuando te levantas a por un café, una necesidad vital.
Al final, recuperé el formato original (casi todo), envié el documento a tiempo y, por supuesto, mi gato se llevó su premio en forma de chuches. Porque, aunque él fue el saboteador, también es la mejor compañía en esos días en los que el trabajo desde casa se vuelve un poco menos idílico y un poco más real.
¿La moraleja? El teletrabajo puede ser cómodo, flexible y eficiente, pero nunca subestimes el poder de un gato decidido. Y si vas a enviar un documento importante… mejor asegúrate de que tu «asistente felino» está entretenido lejos del teclado. Y aquí estamos, aprendiendo a negociar con gatos y con plazos.
Porque en casa, el jefe no siempre eres tú… y el corrector automático nunca será rival para un gato motivado.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

