Mi madre, los selfis y la videollamada

Martes, 10:03. Reunión por Zoom con una editorial que paga bien. Raro, lo sé. Estamos hablando de una propuesta que podría darme estabilidad (económica, emocional, existencial…). El editor tiene acento del norte y pinta de tomar el café sin azúcar ni alma. Yo tengo el pelo más o menos decente. He ordenado lo que se ve por cámara: libros, luz cálida, dignidad prestada.

Y entonces suena el móvil.

Es mi madre.

No la puedo ignorar. Aprendí por las malas que si no le contesto, llama a mi hermana, a la vecina, al banco. Una vez, marcó el 112 para decir que su hija «no coge el teléfono y me ha dicho que iba a hacer la compra». Así que, mientras el editor me habla de cronogramas y pruebas de imprenta, yo hago malabares: cámara encendida, sonrisa congelada, y el móvil fuera del plano, en altavoz.

—Hola, mamá, estoy en una reunión.

—Ah, no tardo. Solo una cosa… ¿cómo se hace un selfi?

Silencio.

—¿Un qué?

—Un selfi. Yo. En la cámara. Que se me vea bien, pero no como un globo. Estoy intentando mandarle uno a tu tía, pero salgo o borrosa o como si me hubiera caído por el balcón.

Del otro lado del Zoom, el editor sigue. Y aquí estamos. Creo que ha dicho la palabra «coedición» y me he perdido el contexto. Le asiento como si supiera de qué va la película. Mientras tanto, le susurro al móvil:

—Mamá, gira la cámara frontal, busca buena luz y no te pongas debajo del flexo. Pareces una aparición mariana.

—¡Ah! ¡Ahora sí! Pero… ¿dónde se aprieta? ¿Este botón rojo?

Y lo aprieta. Me manda un vídeo. 18 segundos de su nariz.

Mientras, el editor me pregunta si preferiría trabajar con track changes o comentarios en PDF, yo estoy viendo un plano detalle de los orificios nasales de mi madre y escuchando de fondo:
—Ay, pues me veo mona, ¿no?

En la pantalla principal, mi cara sigue profesional. Por dentro, estoy enviando mi currículum a un convento tibetano. Sin wifi.

Cuelgo. Sigo con la reunión.

Y justo antes de terminar, entra un mensaje nuevo: «Lo he conseguido. Envío selfi. ¡Beso!».

Abro la foto. Mi madre, con una sonrisa enorme, la cabeza ladeada, y un pósit detrás que dice: «Sé tú misma».

Respiro hondo. Vuelvo a mi trabajo.

Y empiezo a preguntarme si ese pósit, al final, no debería ser el lema del próximo libro que corrija. Y aquí estamos, aprendiendo de mi madre lo que ningún manual enseña.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).