Trabajar como correctora y traductora freelance te convierte, quieras o no, en experta en muchas áreas que poco tienen que ver con la gramática. Gestión de tiempos, negociación con clientes, cata de cafés baratos… y, sobre todo, atención al cliente nivel técnico básico. Porque hay un fenómeno universal que trasciende idiomas, sectores y generaciones: el archivo adjunto del tamaño de un dinosaurio.
Suele empezar con un correo inocente. Asunto: «Te envío el manuscrito». Clic. Lo abres. Y ahí está: el archivo pesa más que todas tus copias de seguridad juntas. Word tarda tres siglos en abrirlo y tu portátil entra en pánico. Cuando finalmente lo hace, tu portátil entra en pánico, el ventilador se activa como si fuese a despegar y tú sabes que esto… esto no va a ir bien. Y aquí estamos.
A veces es un simple documento de texto. Pero el autor, en un arranque creativo, ha decidido incrustar imágenes en alta resolución, gráficos innecesarios y, por algún motivo misterioso, una foto suya firmando el contrato (¿por qué?).
Otras veces es peor. Una carpeta comprimida… o eso creías, hasta que descubres que alguien entendió «comprimir» como «arrastrar la carpeta al correo sin piedad». Resultado: 2,3 GB de manuscrito y material extra que tu servidor de correo rechaza con un educado «Este archivo excede el tamaño permitido».
Y entonces llega el momento: el temido correo de vuelta.
«Hola, muchas gracias por el envío. Solo un pequeño detalle: el archivo es un pelín pesado. ¿Podrías comprimirlo antes de reenviarlo? Si necesitas ayuda, te explico cómo hacerlo».
La respuesta suele ser una de estas dos: a) ¿Comprimir? ¿Eso cómo se hace?; b) Lo intenté, pero sigue igual. ¿Puedes hacerlo tú?
Ahí es cuando te conviertes en soporte técnico improvisado. Porque explicar cómo comprimir un archivo debería ser sencillo, pero no siempre lo es. Y entonces te descubres escribiendo, por quinta vez este mes, un minitutorial en el correo: «Si usas Windows: clic derecho > Comprimir. Si usas Mac: botón derecho > Comprimir. Si aún pesa mucho, mándalo por WeTransfer. Fin de la clase».
Te sientes como esas instrucciones de IKEA, pero con menos dibujos y más paciencia.
La ironía es que, en medio de toda esta logística, tu verdadero trabajo —corregir, traducir, pulir textos— queda en pausa mientras resuelves el misterio del archivo mastodóntico. Porque sí, podrías simplemente ignorarlo y pedir que te lo reenvíen bien, pero todos sabemos cómo acaba eso: otra carpeta de 3 GB y un mensaje diciendo «Ahora sí debería ir»… y no, no va.
Al final, claro, el archivo llega en formato decente. Empiezas a trabajar. Pero guardas ese correo con el tutorial en una carpeta especial llamada «Envíos futuros», porque sabes que volverás a usarlo. Y porque, aunque no te paguen por dar clases básicas de compresión de archivos, ya es parte del oficio.
Consejo final: si algún día envías un manuscrito, recuerda: si pesa más que un elefante, alguien al otro lado está sudando frío. Y aquí estamos, corrigiendo textos y dando soporte técnico gratis.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

