Algunos clientes no necesitan una corrección: necesitan un exorcismo de la inseguridad.
Recibo su texto, lo reviso, hago ajustes mínimos. Nada dramático. Ninguna cirugía mayor. Pero cada cambio se convierte en un juicio de Estado, con apelación incluida.
—¿Seguro que esa coma va ahí?
—Sí.
—¿Pero seguro, seguro?
—Sí.
—¿Y no quedaría mejor sin ella?
—No.
—Vale, vale… aunque igual la dejo por si acaso.
Así, línea tras línea. La novela pasa a un segundo plano: lo importante es que su sistema nervioso no colapse porque alguien ha movido una tilde. El texto podría hablar de una guerra, de una ruptura o de la muerte de un padre; da igual. El verdadero conflicto es tipográfico.
Y aquí estamos… yo intentando explicar que la ortografía no es una opinión, mientras él la trata como si fuera un menú degustación: «¿Y si probamos con acento, pero lo traemos aparte?».
Cada coma se somete a debate. Cada punto y coma exige justificación moral. Empiezo a sospechar que el problema no es la corrección, sino el vértigo de que alguien toque algo que él ya había dado por “más o menos cerrado”. Porque cerrar un texto implica aceptar que ya no puede defenderse de todo.
Al tercer correo con la misma duda, me veo tentada de contestar: «Mira, confía en mí. Respira hondo. La coma no te va a atacar por la noche». Pero me contengo. Soy profesional. Respiro yo también. Y reformulo la respuesta como si fuera un mantra zen: «Sí, esa coma está bien. Lo confirmo otra vez».
Lo verdaderamente admirable llega al final. Después de haber cuestionado cada ajuste, cada signo, cada mínima intervención, aparece siempre la frase definitiva, dicha con alivio casi espiritual:
—Bueno, tú eres la experta. Haz lo que creas mejor.
¿Y entonces? Entonces me quedo mirando la pantalla con la serenidad de un monje tibetano que acaba de alcanzar la iluminación… o la resignación. Porque sí: soy la experta. Y también la terapeuta. Y también la que reparte tranquilidad ortográfica a demanda.
Todo incluido en el precio, claro.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

