El trabajo «fácil» que no lo era tanto

Cuando me dijeron que este encargo sería «fácil», debería haber sospechado. La experiencia me había dado señales suficientes como para activar todas las alarmas, pero decidí confiar. «Es solo una corrección sencilla», aseguraron. Y aquí estamos.

Lo que no mencionaron fue que el texto tenía más páginas que algunos libros que he corregido por voluntad propia y que el autor parecía haber desarrollado una relación muy libre con las normas ortográficas. No una relación conflictiva. Más bien una ausencia total de relación. Las comas aparecían donde les apetecía, los puntos escaseaban como si cotizaran en bolsa y las frases avanzaban durante media página sin mostrar la menor intención de terminar.

En más de una ocasión me encontré leyendo un párrafo y preguntándome si aquello seguía siendo la misma frase que había empezado unas líneas antes. A veces llegaba al final sin haber encontrado una sola pista. Era como participar en una expedición arqueológica cuyo objetivo consistía en localizar el verbo principal.

Cada jornada traía una sorpresa nueva. Un diálogo que no seguía ningún formato reconocible. Una enumeración que parecía haber olvidado por qué había empezado. Una mayúscula colocada en un lugar tan inesperado que llegué a pensar que escondía algún mensaje secreto. Mientras tanto, mi café se enfriaba y mi paciencia realizaba discretos intentos de fuga.

Lo más fascinante de estos proyectos es que siempre empiezan igual. «No te llevará mucho tiempo». «Está bastante limpio». «Solo necesita un repaso rápido». Son frases que deberían venir acompañadas de una advertencia sanitaria.

Aun así, terminé el trabajo. Como siempre. Y debo reconocer que el resultado quedó mucho mejor de lo que estaba cuando llegó a mis manos. No porque hiciera magia, sino porque después de varias semanas conviviendo con el manuscrito, acabé desarrollando una comprensión casi telepática de sus costumbres lingüísticas.

Entonces llegó el correo del cliente.

Me felicitaba por el trabajo realizado. Decía que el texto estaba mucho mejor de lo que habían imaginado. Durante unos diez minutos me sentí sinceramente satisfecha. Quizá incluso orgullosa.

Y entonces apareció la frase.

«¡Para la próxima, podemos hacerlo aún más rápido!».

Ahí comprendí que mi definición de «fácil» y la del cliente no estaban siquiera en el mismo continente. Probablemente tampoco en el mismo hemisferio.

Desde entonces, cuando alguien utiliza esa palabra para describir un encargo, procuro mantener una prudente distancia emocional. He aprendido que «fácil» puede significar muchas cosas. Puede significar que el texto está impecable. Puede significar que necesita algunos ajustes menores. O puede significar que voy a pasar varias semanas negociando pacíficamente con quinientas páginas de caos ortográfico.

Por si acaso, sigo esperando la definición por escrito.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).