Esta mañana, a las diez en punto, me conecté puntualísima a una reunión editorial. O eso creía.
La pantalla se abrió, aparecieron varias personas sonrientes y una voz entusiasta anunció:
—Bienvenidos al taller sobre el cuidado de plantas de interior.
Mi primera reacción fue pensar que alguna editorial había decidido diversificar sus servicios. Ya no bastaba con corregir manuscritos: ahora también había que mantener con vida un ficus.
Miré la pantalla con más atención. Había helechos. Había potos. Había una persona sosteniendo una regadera con el entusiasmo de quien presenta un hallazgo científico. Lo que no había era un solo libro.
Y aquí estamos.
Mi intención inicial fue abandonar la reunión de inmediato, pero la curiosidad es uno de esos defectos profesionales que todavía no he conseguido corregirme. Así que me quedé unos minutos. Lo suficiente para descubrir que las suculentas también sufren estrés, que existe algo llamado pudrición radicular y que, aparentemente, algunas personas dedican sus mañanas a debatir sobre la humedad ambiental con una pasión admirable.
Mientras fingía buscar el botón de salir, aprendí más sobre plantas de interior de lo que había aprendido en toda mi vida.
Finalmente conseguí encontrar la reunión correcta y me incorporé con unos minutos de retraso.
—Perdón —dije—. Estaba con unas plantas muy estresadas.
Después llegó uno de esos silencios que parecen durar varios capítulos.
Nadie preguntó nada. Nadie quiso saber más. Y, sinceramente, lo entiendo.
La historia podría haber terminado ahí, pero más tarde, mientras corregía un manuscrito particularmente rebelde, empecé a encontrar ciertas similitudes inquietantes entre las plantas y los textos.
Ambos requieren atención constante. Ambos pueden crecer de formas imprevisibles. Ambos necesitan espacio para desarrollarse. Y, sobre todo, ambos suelen mejorar considerablemente después de una poda bien ejecutada.
Hay textos que recuerdan a una monstera que ha decidido expandirse sin supervisión humana. Frases que crecen en todas direcciones. Incisos que generan nuevos incisos. Párrafos tan densos que uno sospecha que no reciben suficiente luz natural.
En esos casos, el trabajo editorial consiste básicamente en retirar algunas ramas para que vuelva a verse la estructura.
Cuanto más lo pensaba, más sentido tenía aquella conferencia accidental.
Quizá por eso terminé el día riéndome sola. No solo por la cara imaginaria de mis colegas al escuchar mi explicación sobre las plantas estresadas, sino porque, contra todo pronóstico, aquella equivocación había resultado sorprendentemente útil.
No aprendí a cuidar mejor mis plantas, porque sigo sin tener claro cuánto hay que regarlas. Pero sí confirmé una vieja sospecha: muchos textos necesitan exactamente lo mismo que ellas. Un poco de atención, algo de paciencia y la intervención ocasional de alguien dispuesto a cortar lo que sobra.
Eso sí, la próxima vez revisaré dos veces el enlace antes de hacer clic.
O tres.
Las suculentas, por lo visto, no son las únicas que sufren estrés.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

