El café que convirtió una corrección en una carrera contrarreloj

Hay momentos durante la revisión de un manuscrito en los que una alcanza una especie de velocidad de crucero. Lees, corriges, compruebas una duda, avanzas unas páginas y vuelves atrás porque aquella frase que parecía aceptable hace cinco minutos acaba de empezar a molestarte. No es un trabajo rápido, pero tiene su ritmo. Un ritmo razonable, profesional y compatible con el funcionamiento normal del organismo humano.

Hasta que interviene el café.

Aquella mañana llevo ya varias horas trabajando con un manuscrito especialmente denso. No está mal escrito, que a veces es peor, porque los textos desastrosos mantienen despierto el instinto de supervivencia. Este simplemente exige atención. Mucha. Cada frase necesita esa segunda mirada que confirma que todo está donde debe estar y cada pocas páginas aparece una pequeña duda que me obliga a detenerme, consultar algo y regresar al texto.

Así que hago lo lógico: preparo café.

No es el primero del día, detalle que probablemente debería haber tenido en cuenta. Tampoco el segundo, aunque en mi defensa diré que llevo trabajando desde temprano y que todavía no he empezado a ver sonidos ni a corregir las etiquetas de los productos de limpieza.

Regreso al escritorio, doy un trago y continúo.

Durante unos minutos no ocurre nada. Después noto que algo ha cambiado. La frase que estaba leyendo parece extraordinariamente sencilla. Detecto una repetición, corrijo una concordancia y resuelvo una construcción dudosa prácticamente al mismo tiempo. Paso a la página siguiente. Luego a otra. Mis dedos empiezan a moverse sobre el teclado con una agilidad que no recordaba poseer desde que aprendí mecanografía.

Estoy inspirada.

O intoxicada.

Todavía no está claro.

Y aquí estamos… avanzando por el manuscrito a una velocidad que empieza a resultar sospechosa incluso para mí.

Las correcciones se suceden. Cambio una palabra, recompongo una frase, elimino una redundancia y dejo un comentario para el autor sin apenas detenerme. Mi cerebro parece haber decidido que la reflexión es una pérdida de tiempo y que, después de tantos años trabajando con textos, ya podemos pasar directamente a la ejecución.

Durante aproximadamente veinte minutos me siento invencible. Comprendo cada intención del autor antes de que termine la frase. Las erratas prácticamente se iluminan cuando me acerco. Las subordinadas mal construidas intentan esconderse, pero llego antes. Si alguien me hubiera preguntado en ese momento cuánto tardaría en terminar el manuscrito, probablemente habría respondido que antes de comer y que, ya puestos, podía revisar también la bibliografía.

Entonces recibo un mensaje de una compañera con la que estaba comentando el trabajo. Le respondo explicándole algunas de las cosas que estoy encontrando y, cuando termino, descubro que le he enviado un párrafo de una extensión considerable, tres observaciones estilísticas y una teoría completa sobre por qué el capítulo cuatro debería empezar dos páginas antes.

«¿Estás corrigiendo el libro o escribiendo otro?», pregunta.

Miro el mensaje.

Miro el manuscrito.

Miro la taza.

Empiezo a sospechar que el café ha dejado de ser una ayuda para convertirse en miembro del equipo editorial.

Decido levantarme unos minutos. Bebo agua, camino por la casa y regreso al escritorio cuando mi organismo parece haber reducido ligeramente la velocidad. Entonces reviso las últimas páginas corregidas con la prudencia de quien inspecciona los daños después de una tormenta.

Para mi sorpresa, casi todo está bien. Hay un comentario demasiado entusiasta, dos frases que he reescrito más de lo necesario y una observación tan larga que podría independizarse del manuscrito y solicitar ISBN propio, pero el resto se sostiene.

Respiro aliviada y continúo trabajando, esta vez a una velocidad compatible con la profesión y con la esperanza de vida.

Desde entonces sigo tomando café mientras corrijo, naturalmente. Tampoco vamos a sacar conclusiones desproporcionadas de un incidente aislado. Pero he aprendido a respetar esa frontera delicadísima que separa la concentración de la posibilidad de terminar una revisión convencida de que el verdadero autor del libro soy yo.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).