El poder de la fotocopiadora (o la digitalización según la burocracia)

Hay trámites administrativos que empiezan con una promesa tranquilizadora: «Verificación de documentos». Tres palabras que sugieren un procedimiento sencillo. Tú llevas los documentos, alguien comprueba que son auténticos y todos regresamos a nuestras respectivas vidas con la satisfacción de haber contribuido al correcto funcionamiento de la Administración.

Naturalmente, no funciona así.

Antes de salir de casa revisas las instrucciones varias veces. Debes presentar la documentación físicamente, de modo que imprimes todo lo necesario y preparas una carpeta con ese esmero que solo aparece cuando sabes que cualquier papel olvidado puede condenarte a repetir la visita. Documento de identidad, formulario, justificante, copia del justificante, documento que demuestra que existe el justificante y alguna hoja adicional cuya función no comprendes, pero que llevas porque la prudencia administrativa aconseja no cuestionar determinadas cosas.

Llegas a la oficina convencida de estar preparada. Incluso has colocado los papeles en el orden en el que probablemente te los pedirán, una ingenuidad que demuestra que todavía conservas cierta confianza en la lógica.

Esperas tu turno, llegas a la ventanilla y entregas la documentación. La persona que te atiende empieza a revisarla hasta que se detiene ante una de las hojas.

—Falta el código de autenticidad.

La miras. Miras el documento. Vuelves a mirarla.

—¿Dónde aparece?

Te indica un lugar de la página donde, efectivamente, no aparece absolutamente nada parecido a un código de autenticidad.

Explicas que has impreso exactamente el documento que te proporcionó el sistema. La respuesta es impecable desde el punto de vista burocrático: sin el código no se puede verificar.

En ese momento descubres una de las leyes fundamentales de la Administración: que un documento haya sido emitido por la propia Administración no garantiza que la Administración pueda reconocerlo como suyo.

Preguntas qué puedes hacer y te explican que necesitas obtener otra copia. Hay una fotocopiadora disponible, así que te diriges hacia ella con la esperanza de resolver el problema rápidamente.

Y aquí estamos… confiando el futuro de un trámite digital a una máquina de fotocopias que parece haber sobrevivido a varias reformas administrativas y posiblemente a dos cambios de régimen.

Introduces la hoja.

La máquina hace ruido.

Sale una copia torcida.

Lo intentas otra vez.

Esta vez falta un margen.

En el tercer intento, la fotocopiadora decide que el papel merece una franja negra vertical cuya procedencia nadie puede explicar. Empiezas a sospechar que la máquina no reproduce documentos: los interpreta.

Tras varios intentos consigues una copia razonablemente fiel. El código sigue sin aparecer, naturalmente, porque la fotocopiadora tiene muchas capacidades, pero materializar información inexistente todavía no figura entre ellas.

Regresas a la ventanilla y explicas el problema. La persona que te atiende consulta algo en el ordenador, pregunta a otra persona y finalmente encuentra una solución.

—Puede hacer la verificación en línea.

Necesitas unos segundos.

—¿En línea?

—Sí. Desde casa.

Miras la carpeta. Miras las copias. Piensas en la impresora de tu casa, en el desplazamiento hasta allí, en la espera, en la fotocopiadora y en los tres ejemplares defectuosos que ahora llevas bajo el brazo como recuerdo de la experiencia.

Intentas formular una pregunta sin que suene a desafío institucional.

—Entonces, si puedo hacerlo en línea, ¿por qué tenía que traer los documentos en papel?

La respuesta contiene varias palabras como «procedimiento», «presencial» y «sistema», pero ninguna consigue establecer una relación causal reconocible entre tu pregunta y lo que acaba de ocurrir.

Vuelves a casa.

Enciendes el ordenador, accedes a la plataforma y empiezas el trámite digital que podrías haber realizado antes de salir. Subes el primer documento. Funciona. El segundo también. Durante unos segundos empiezas a pensar que toda la aventura habrá servido al menos para apreciar la comodidad de la Administración electrónica.

Subes el tercero.

«Se ha producido un error inesperado. Inténtelo de nuevo más tarde».

Te quedas mirando la pantalla mientras a tu lado descansa una carpeta llena de papeles que el sistema digital te obligó a imprimir para acudir a una oficina donde te explicaron que no necesitabas los papeles porque podías utilizar el sistema digital.

Entonces te ríes.

No porque tenga gracia, sino porque has llegado a ese estado superior de relación con la burocracia en el que ya no intentas comprenderla.

Los años ochenta tenían archivadores, sellos y fotocopiadoras. El siglo XXI tiene plataformas, códigos de autenticidad y mensajes de error. Nosotros, en un extraordinario ejercicio de integración tecnológica, hemos decidido conservarlo todo.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).