Franz Kafka y Bohumil Hrabal compartieron una ciudad sin llegar a compartir realmente una época. Kafka murió en 1924, cuando Hrabal tenía diez años. Entre la Praga de uno y la del otro pasarían una república, la ocupación nazi, una guerra mundial, el Holocausto, un golpe comunista, el estalinismo, la Primavera de Praga, la invasión soviética y décadas de un régimen que convirtió la burocracia en una de sus formas cotidianas de poder. Si Kafka intuyó el laberinto moderno, Hrabal tuvo que aprender a beber cerveza dentro de él.
Leerlos juntos permite descubrir dos respuestas radicalmente distintas ante una misma pregunta: qué puede hacer un individuo cuando las estructuras que organizan su existencia son demasiado grandes, demasiado absurdas o demasiado opacas para enfrentarse directamente a ellas. Kafka respondió con personajes que buscan una explicación. Hrabal, con personajes que cuentan historias.
La diferencia cambia por completo la ciudad.
En Kafka, Praga parece existir incluso cuando no se la nombra. Hay corredores, oficinas, habitaciones, autoridades lejanas, calles que conducen hacia lugares difíciles de alcanzar. El espacio tiende a cerrarse alrededor del individuo. En Hrabal ocurre algo distinto: la ciudad se llena de voces. Tabernas, fábricas, almacenes, estaciones, patios, calles periféricas. Allí donde el sistema pretende imponer una versión ordenada de la realidad, alguien empieza a hablar y lo estropea todo.
Hrabal nació en Brno, creció en Nymburk y terminó profundamente asociado a Praga. No llegó a la literatura desde una torre académica. Trabajó en ocupaciones diversas: empleado ferroviario, agente de seguros, viajante de comercio, trabajador siderúrgico, prensador de papel. Esa experiencia de trabajos manuales y ambientes populares alimentó una obra fascinada por quienes rara vez protagonizan las versiones oficiales de la historia.
Sus personajes hablan demasiado. Exageran, recuerdan mal, mezclan lo sublime con lo obsceno, convierten una anécdota mínima en epopeya y una tragedia en algo que puede terminar provocando una carcajada. Hrabal encontró en esa verborrea una forma de resistencia. Frente al lenguaje oficial, rígido y previsible, levantó una literatura donde las palabras se desbordan.
Kafka había mostrado el peligro contrario: el lenguaje que no consigue llegar a ninguna parte.
En El proceso, las palabras de Josef K. chocan contra un sistema que siempre parece poseer una interpretación superior. Explicar no sirve porque la institución controla las reglas de la explicación. Cada intento de aclarar la situación produce nuevas preguntas.
En Hrabal, hablar tampoco garantiza que nada se resuelva. Pero al menos permite conservar algo que el sistema no puede administrar por completo: la experiencia individual. Sus narradores pueden no controlar su vida, pero controlan durante unos minutos la manera de contarla.
Praga se convierte así en una ciudad de conversaciones. Y pocas instituciones resultan tan adecuadas para esa literatura como la cervecería.
La cerveza checa no necesita defensa literaria, pero Hrabal consiguió darle una función narrativa. En una mesa compartida, la jerarquía puede relajarse durante unas horas. Se bebe, se discute, alguien recuerda una historia, otro la contradice y un tercero añade algo probablemente falso. La realidad deja de pertenecer a una única voz.
Hrabal frecuentó durante años la cervecería U Zlatého Tygra, el Tigre Dorado, en la Ciudad Vieja. El lugar se convirtió inevitablemente en parte de su leyenda. Hoy resulta difícil entrar sin ser consciente de que uno pisa territorio literario, pero conviene resistir la tentación del santuario. Hrabal no necesitaba altares. Necesitaba mesas.
Una mesa de taberna permite algo que una oficina kafkiana impide: que las voces circulen horizontalmente. Nadie posee durante demasiado tiempo la autoridad narrativa. Una historia llama a otra. La conversación se desvía. El tema inicial desaparece y, precisamente por eso, quizá termine apareciendo alguna verdad.
Kafka habría desconfiado del procedimiento. O quizá habría disfrutado enormemente con él. A veces olvidamos que también tenía sentido del humor.
Ambos escritores entendieron el absurdo, pero lo trataron de manera distinta. En Kafka, el absurdo produce extrañeza porque los personajes intentan aplicar la lógica a un mundo que no responde. En Hrabal, la lógica ya ha sido abandonada antes de empezar. Sus personajes aceptan que la realidad es grotesca y compiten con ella mediante la exageración.
La historia checa del siglo XX proporcionó abundante material para ambas actitudes.
Hrabal vivió la ocupación nazi y el régimen comunista. Vio cómo cambiaban las autoridades, las consignas y las versiones oficiales de los acontecimientos. Su obra sufrió problemas con la censura y durante algunos periodos no pudo publicarse con normalidad. En un mundo donde el poder aspiraba a controlar también el relato, contar de otra manera adquiría inevitablemente una dimensión política, incluso cuando el escritor no redactaba manifiestos.
Una soledad demasiado ruidosa ofrece quizá una de las imágenes más poderosas de esa relación entre cultura y destrucción. Haňťa trabaja prensando papel viejo y libros condenados a desaparecer. Durante décadas salva algunos ejemplares, lee fragmentos, construye una cultura clandestina entre toneladas de residuos. La maquinaria destruye libros con eficacia industrial; él responde rescatando pensamientos.
Kafka habría reconocido la máquina.
Pero probablemente no habría creado a Haňťa de la misma manera. El personaje hrabaliano encuentra belleza incluso dentro del mecanismo que lo aplasta. No porque ignore la violencia, sino porque posee una capacidad casi desesperada para transformar lo que encuentra en experiencia.
Esa capacidad atraviesa también Trenes rigurosamente vigilados. La gran historia —la ocupación alemana, la guerra, la resistencia— aparece mezclada con las preocupaciones sexuales, las torpezas y los deseos de personajes que no tienen ninguna intención de convertirse en símbolos. Hrabal desconfía de la solemnidad porque sabe que la vida continúa comportándose de manera indecorosamente cotidiana incluso durante las catástrofes.
Kafka y Hrabal se encuentran precisamente ahí: en la negativa a fabricar héroes convencionales. Josef K. no es un mártir ejemplar. Haňťa tampoco. Los personajes de ambos están llenos de debilidades, contradicciones y zonas poco edificantes. La diferencia reside en cómo soportan su pequeñez. Kafka la convierte en una fuente de angustia; Hrabal, con frecuencia, en una posibilidad de ternura.
Recorrer Praga con los dos produce una ciudad doble. Está la Praga vertical de Kafka, donde la autoridad parece encontrarse siempre en otro nivel: arriba, detrás, más allá, en algún despacho al que todavía no hemos conseguido acceder. Y está la Praga horizontal de Hrabal: mesas, bancos, barras de taberna, talleres, sótanos donde las personas se cuentan unas a otras versiones desordenadas del mundo.
Una ciudad pregunta: «¿Quién tiene la autoridad?». La otra responde: «Pide otra cerveza».
La respuesta sería frívola si Hrabal no conociera perfectamente la gravedad de aquello de lo que se ríe. Pero su humor no niega la tragedia. La hace soportable sin volverla inocente. En Europa Central, donde las fronteras y los regímenes cambiaron demasiadas veces durante el siglo XX, quizá reírse de las grandes palabras fuera también una manera de desconfiar de quienes las pronunciaban.
Praga conserva algo de esas dos tradiciones. La ciudad monumental invita a levantar la cabeza: torres, iglesias, castillo. La ciudad cotidiana obliga a bajarla: adoquines, sótanos, puertas de cervecerías, tranvías. Entre ambas alturas transcurre la literatura.
Kafka pertenece a una Praga anterior a las grandes catástrofes centroeuropeas del siglo XX, aunque nuestra lectura posterior haya llenado sus textos de presagios. Hrabal escribe desde el otro lado de varias de ellas. Compararlos no significa convertir al primero en profeta ni al segundo en comentarista histórico. Significa observar cómo una misma tradición urbana puede producir dos maneras de enfrentarse al absurdo.
Kafka pregunta por las reglas. Hrabal cuenta lo que ocurrió mientras nadie conseguía entenderlas. El primero construye un laberinto donde cada puerta conduce a otra dependencia. El segundo llena ese laberinto de personajes capaces de detenerse en un pasillo y contar durante veinte minutos una historia sobre un tío, un camarero, una muchacha o una máquina de prensar papel.
Y quizá esa sea la diferencia fundamental entre sus Pragas. En Kafka, el sistema amenaza con reducir al individuo a expediente. En Hrabal, el individuo se defiende convirtiéndose en relato.
Al caer la tarde, entro en una cervecería de la Ciudad Vieja. Las mesas están demasiado juntas y las conversaciones se mezclan. Alguien ríe al fondo. Los vasos llegan llenos sin ceremonia y regresan vacíos con una velocidad sospechosa. Fuera queda la Praga de las torres y los itinerarios turísticos; dentro, durante un rato, solo existen las voces.
Pienso en Kafka y en Hrabal. En el hombre que convirtió la imposibilidad de comprender el mundo en uno de los grandes lenguajes de la literatura moderna y en el que respondió unas décadas después llenando ese mundo incomprensible de historias.
Tal vez no estén tan lejos como parecía.
Los dos desconfiaron de las explicaciones demasiado ordenadas. Los dos supieron que las instituciones producen lenguajes propios y que esos lenguajes pueden terminar separándonos de la realidad. Los dos encontraron en el humor una herramienta mucho más seria de lo que parece.
Solo cambia el lugar desde el que miran. Kafka permanece ante la puerta preguntándose quién tiene la llave. Hrabal ya ha encontrado una entrada lateral, se ha sentado dentro con desconocidos y está contando una historia tan larga que probablemente haya olvidado cómo empezó. Praga tiene sitio para ambos.

