Hay una palabra diminuta capaz de modificar por completo la relación entre un ensayo y quien lo lee. Basta con escribir «yo» para que el autor, hasta entonces quizá perceptible únicamente a través de sus elecciones, aparezca de manera explícita en la página. La afirmación deja de presentarse como si existiera por sí sola y queda vinculada a alguien que piensa, recuerda, duda o interpreta. Ese desplazamiento puede acercar el texto al lector y hacer visible desde qué lugar se construye un razonamiento, pero también puede producir el efecto contrario: que la presencia de quien escribe empiece a competir con aquello sobre lo que está escribiendo.
La primera persona arrastra además una historia complicada dentro del ensayo. Determinadas tradiciones académicas han preferido borrarla en nombre de una objetividad que parecía exigir la desaparición del sujeto. Otras formas contemporáneas de escritura han realizado el movimiento contrario y han situado la experiencia personal en el centro del conocimiento. Entre ambos extremos existe un territorio mucho más amplio, aquel en el que el «yo» no constituye necesariamente el tema del texto, pero puede convertirse en una herramienta para pensar.
La cuestión no consiste entonces en decidir si un ensayo debe escribirse en primera persona, sino en averiguar qué ocurre cada vez que esa primera persona aparece. No todos los «yo» realizan el mismo trabajo. A veces permiten reconocer el origen de una pregunta. Otras hacen explícita una interpretación que no tendría sentido presentar como una verdad universal. Pueden introducir una experiencia concreta, asumir una incertidumbre o señalar el recorrido intelectual que llevó de una convicción a otra. En todos esos casos, la presencia del autor aporta información que desaparecería si sustituyéramos la frase por una construcción impersonal.
Hay una diferencia considerable entre escribir «esta cuestión admite varias interpretaciones» y «no estoy segura de que esta sea la única interpretación posible». Ambas formulaciones introducen una reserva, pero no dicen exactamente lo mismo. La segunda permite ver a alguien pensando dentro del texto y responsabilizándose de su duda. No convierte la incertidumbre en una propiedad abstracta del objeto estudiado, sino en una posición intelectual. En determinadas ocasiones, esa precisión puede resultar más rigurosa que cualquier apariencia de impersonalidad.
El problema comienza cuando el «yo» aparece sin realizar ninguna función semejante. «Creo que», «en mi opinión», «considero que» pueden convertirse en pequeñas muletas que acompañan afirmaciones cuyo carácter interpretativo ya resulta evidente. Un ensayo firmado no necesita recordar constantemente quién está pensando. Si cada argumento se introduce mediante una declaración de presencia, la primera persona deja de aportar perspectiva y empieza simplemente a ocupar espacio.
No existe, por supuesto, una frecuencia correcta. Contar pronombres serviría de poco porque un «yo» puede sostener varias páginas mientras otros diez no añaden nada. La medida no es cuantitativa, sino funcional. La pregunta útil quizá sea si el texto perdería algo al eliminar esa primera persona. Si desaparece una experiencia necesaria para comprender el argumento, una responsabilidad interpretativa o el proceso mediante el que llegamos a determinada idea, probablemente el «yo» tenía una razón para estar allí. Si la frase continúa diciendo exactamente lo mismo, quizá solo estaba señalando innecesariamente a quien la había escrito.
Esa distinción se vuelve especialmente importante cuando el ensayo nace de una experiencia personal. Haber vivido algo puede ser el origen legítimo de una pregunta, pero no convierte automáticamente esa experiencia en argumento. El «yo» ofrece un caso, una posición desde la que mirar o una percepción que merece ser examinada. Para que el texto pueda avanzar más allá de quien lo escribe, necesita después relacionar esa experiencia con algo que no dependa exclusivamente de ella. De lo contrario, el ensayo corre el riesgo de quedarse en el relato de aquello que ocurrió.
La frontera con la escritura autobiográfica no depende, por tanto, de cuánto cuenta el autor sobre sí mismo. Puede existir un ensayo profundamente personal con muy pocos datos biográficos y otro lleno de anécdotas cuya primera persona apenas participe en el pensamiento. Lo decisivo es la función que desempeña la experiencia. Una escena propia puede abrir una pregunta que después el texto desarrolla mediante lecturas, argumentos y relaciones con otras ideas. En ese caso, el «yo» funciona como puerta de entrada. El problema aparece cuando se convierte también en el destino y cada cuestión termina regresando inevitablemente a quien escribe.
Hay una tentación particular en utilizar la experiencia como garantía de autoridad. «Yo estuve allí», «yo lo viví» o «en mi experiencia» parecen conceder a una afirmación una legitimidad difícil de discutir. Pero la experiencia solo puede garantizarse a sí misma. Haber observado un fenómeno no demuestra que todas las personas lo observen del mismo modo; haber vivido determinada situación no permite convertirla sin más en una regla general. La primera persona resulta intelectualmente más interesante cuando reconoce esa limitación que cuando intenta superarla.
También puede utilizarse para hacer visible el proceso de investigación. En algunos ensayos importa saber que el autor comenzó convencido de algo y que las fuentes terminaron obligándolo a cambiar de posición. El «yo» permite entonces conservar la historia del pensamiento, mostrar que el argumento no apareció terminado, sino que fue construido mediante dudas, contradicciones y rectificaciones. Esa presencia puede aportar honestidad al texto siempre que la peripecia personal no termine desplazando el verdadero interés de lo descubierto.
Porque existe también un narcisismo involuntario de la investigación. Podemos sentir la tentación de contar cada hallazgo, cada sorpresa y cada dificultad porque para nosotros fueron momentos decisivos del proceso. El lector, sin embargo, no necesita conocer necesariamente la biografía completa de una idea para comprenderla. Que algo haya sido importante mientras escribíamos no significa que deba seguir ocupando espacio en el libro terminado. También la primera persona necesita someterse a la selección que aplicamos al resto del material.
A veces el «yo» resulta más poderoso precisamente porque desaparece durante varias páginas. Ha establecido desde dónde habla el autor y después permite que el argumento avance sin recordarlo continuamente. Cuando vuelve, su presencia recupera significado. Puede señalar un cambio de posición, introducir una experiencia que modifica lo anterior o reconocer un límite. Si está en todas partes, en cambio, deja de ser una decisión y se convierte en una costumbre sintáctica.
Esa alternancia permite entender que la voz del autor y la primera persona no son lo mismo. Un ensayo puede evitar por completo el pronombre «yo» y poseer una voz inequívocamente personal. Está en la elección de las preguntas, en el ritmo de los párrafos, en las relaciones que establece entre ideas y en aquello que decide mirar. Del mismo modo, un texto puede utilizar constantemente la primera persona y no haber construido todavía una voz propia. Decir «yo» hace visible al sujeto gramatical; no garantiza por sí solo una presencia intelectual.
Conviene, por eso, desconfiar tanto de su eliminación sistemática como de su reivindicación automática. Borrar el «yo» no vuelve objetivo un razonamiento. Detrás de una construcción impersonal siguen existiendo decisiones, interpretaciones y perspectivas. Pero hacerlo aparecer tampoco convierte el texto en más honesto o más cercano. En ambos casos puede haber una elección consciente o simplemente una convención que hemos dejado de examinar.
El tono también cambia con esa elección. Una primera persona demasiado insistente puede crear una intimidad que el contenido no necesita, mientras que una impersonalidad absoluta puede establecer una distancia artificial respecto de cuestiones en las que la posición del autor resulta relevante. Encontrar la medida exige escuchar qué relación quiere establecer el ensayo con su lector. No todos los libros necesitan la misma proximidad y tampoco todos los capítulos de un mismo libro requieren idéntica presencia de quien escribe.
Hay asuntos, además, ante los que el «yo» puede funcionar como una forma de cautela. Cuando escribimos sobre experiencias que no nos pertenecen o sobre realidades cuya complejidad excede nuestra posición, hacer explícito desde dónde miramos puede evitar que nuestra perspectiva se confunda con una visión universal. En esos casos, la primera persona no reclama protagonismo, sino que delimita su alcance. Decir «yo» puede ser una manera de reconocer hasta dónde llega nuestra mirada.
Otras veces ocurre exactamente lo contrario: introducir al autor debilita una afirmación que ya está suficientemente sostenida por el razonamiento o las evidencias. «Yo creo» puede hacer parecer subjetivo aquello que el texto acaba de demostrar. La modestia gramatical no siempre equivale a prudencia intelectual. También hay que saber cuándo retirarse y permitir que el argumento sostenga su propio peso.
La pregunta deja de ser, en el fondo, cuántas veces podemos escribir «yo» antes de que el lector se canse. La cuestión verdaderamente útil es más sencilla y más difícil: por qué necesita aparecer aquí. A veces la respuesta estará en una experiencia, otras en una duda, una responsabilidad o un cambio de mirada, y habrá muchas ocasiones en las que no encontremos ninguna. El «yo» debe ser, en definitiva, lo bastante visible para que el texto no finja haber surgido de ninguna parte y lo bastante discreto para no exigir que todas las ideas pasen por él.
Tal vez la primera persona funcione mejor cuando conserva esa condición de posibilidad y no de obligación. El autor está siempre dentro del ensayo, aunque no se nombre. Ha elegido la pregunta, las fuentes, el orden y las palabras. El «yo» solo necesita hacerse visible cuando esa presencia añade algo que el texto no podría decir de otro modo. El resto del tiempo puede permanecer donde ya estaba desde el principio: entre líneas.

