No todos los clientes son para ti, ni tú para todos los clientes. Aprender a decir que no también forma parte del oficio. Y, a veces, es la parte más sana.
Hace poco, un autor independiente me contactó. Era amable, pero cada frase venía acompañada de una pregunta sobre mis tarifas, mis métodos y mi honestidad. Después de la tercera vez que me pidió «garantías» de que no le estafaría, respiré hondo y le dije: «Creo que no soy la profesional que buscas».
Su sorpresa fue evidente. Pero, ¿cómo trabajar bien si alguien sospecha de cada corrección? Prefiero dedicar mi energía a clientes que confíen en mi trabajo y en mi experiencia. Fue incómodo, sí, pero también liberador. A veces, decir que no es la mejor forma de cuidar tu profesión… y tu cordura. No fue una decisión impulsiva. Antes de responderle, repasé sus mensajes y confirmé lo que ya sospechaba: desconfianza en cada línea.
«¿Cómo sé que realmente vas a corregir?».
«¿Qué pasa si cambias cosas sin avisar?».
Esto último ya te digo yo que va a pasar, sin anestesia…
Entiendo que es su libro y que le importa, pero corregir un texto no es una operación de espionaje internacional. Necesitamos cierto margen de confianza para que el proceso fluya.
Después de enviarle mi negativa, sentí una mezcla de alivio y temor. No se trata de que yo sea infalible (ojalá) (o no), sino de que en todas las profesiones, si a la persona que contratas no le das un mínimo margen, nada funciona. Si no hay conexión, es mejor buscar otra opción. Eso creo. Hay editores con los que no he conectado —o que no han conectado conmigo—. Es parte del juego. Si se da un margen (dos, tres encargos) y no surge la magia… pues ya está. Next, ¿no?
A los pocos días, recibí un mensaje de otro cliente que empezaba con: «Confío en tu criterio». Y recordé por qué vale la pena mantenerse firme en estas decisiones.
Y aquí estamos… aprendiendo a decir que no sin sentir culpa.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

