El dilema de «los» y «las» (o cómo acabar fundando una lengua nueva sin querer)

Todo empieza como empiezan estas cosas: escribiendo tranquilamente un artículo sobre literatura. Nada polémico. Libros, autores, contexto, ideas. Un terreno cómodo. Hasta que llegas a la frase maldita: los escritores.

Te detienes. Relees. Frunces el ceño. ¿Los escritores? ¿Todos? ¿Seguro? ¿Y las escritoras? ¿Y quienes no se sienten cómodos en ninguna de esas dos casillas gramaticales tan bien barnizadas por la tradición? El cursor parpadea. No acusa, pero tampoco ayuda.

Decides reformular. Cambias la frase. Evitas el problema con un giro elegante. Pero dos párrafos después, vuelve. Como vuelve siempre. El plural te está esperando con paciencia administrativa. No hay escapatoria.

Empiezas a negociar contigo misma. Los escritores es el genérico, te dices. Está aceptado. Es correcto. Lo has usado mil veces. Pero algo chirría. No por corrección lingüística, sino por conciencia. Sigues escribiendo, pero ya no lees el texto: lees tus decisiones.

Pruebas con las escritoras y los escritores. Funciona… durante dos frases. A la tercera, el texto pesa. Se vuelve burocrático. Parece un informe, no un artículo. Empiezas a sospechar que el lenguaje inclusivo, mal gestionado, puede provocar fatiga estilística severa.

Vuelves atrás. Piensas en el colectivo de escritores. Tampoco. Suena a sindicato. A acta fundacional. A reunión con actas y café frío.

Y aquí estamos…

Con el texto abierto, el café recalentado y la sensación de que no estás escribiendo sobre literatura, sino librando una batalla semántica en solitario. Nadie te lo ha pedido explícitamente, pero tampoco puedes ignorarlo. El lenguaje no es neutro, ya lo sabes. Pero tampoco es inocente jugar a reinventarlo sin consecuencias estilísticas.

Entonces llega la solución radical: les escritorxs.

Lo escribes despacio. Lo miras. Lo vuelves a mirar. Hay un silencio respetuoso en la habitación. Has cruzado una línea. No sabes muy bien cuál, pero la has cruzado. Te sientes ligeramente rebelde, como si acabaras de fundar una lengua nueva desde el salón de tu casa, en zapatillas.

El problema es que ahora el texto ya no habla solo de literatura. Habla también de ti. De tu postura. De tu valentía tipográfica. De tu relación con la norma y con sus márgenes. Y no estabas segura de querer decir todo eso.

Lees la frase en voz alta. Tropiezas. La música se resiente. El ritmo se rompe. El oído —ese viejo reaccionario— protesta. No porque no entienda la intención, sino porque el texto ha cambiado de registro sin pedir permiso.

Dudas otra vez. Claro que dudas. Guardas el archivo. Lo cierras. Lo vuelves a abrir. Todo sigue ahí. El dilema, intacto. Ninguna opción es perfecta. Todas dicen algo que va más allá de lo que querías decir.

Al final, eliges. No porque hayas encontrado la solución ideal, sino porque el texto tiene que avanzar. Como siempre. Y aceptas una verdad incómoda del oficio: escribir también es asumir que cada palabra arrastra mundo, ideología, historia y comentarios al margen.

Y aquí estamos…

No inventando una lengua nueva, pero sí caminando por una que se mueve bajo los pies. Intentando escribir con criterio, conciencia y un mínimo de estilo. Sabiendo que no habrá consenso, pero sí responsabilidad. Y que, a veces, el mayor esfuerzo no está en lo que se dice, sino en decidir cómo decirlo sin que el texto salga herido en el proceso.