Game over. Reinicie el sistema, por favor

Hacer ejercicio cuando eres freelance es casi un acto de supervivencia. Pasas horas sentada, te alimentas de café y tu mayor actividad física del día suele ser levantarte a por más café. Así que, de vez en cuando, decides que «hoy sí» vas a compensar el sedentarismo con una sesión de cardio intensa.

Spoiler: a veces, el cuerpo tiene otros planes.

Ese día llegué al gimnasio con la mejor actitud. Auriculares, playlist épica y la ilusión de salir de allí sintiéndome una diosa del equilibrio cuerpo-mente. Todo iba bien. Empecé suave: cinta, elíptica… Me sentía imparable. Decidí subir la intensidad, porque nada grita «salud» como el deseo autodestructivo de quemar en una hora todas las calorías de la semana.

Y aquí estamos…

Minuto 35. Sudor, respiración entrecortada, pero bien.

Minuto 40. Las piernas empiezan a ir por libre, la cabeza se siente… ligera.

Minuto 42. «¿Por qué hay tantas lucecitas alrededor de las máquinas? Ah, no. Espera. Eso es mi visión periférica desvaneciéndose».

Me bajé de la elíptica con la dignidad que pude (cero dignidad, en realidad). Me senté en un banco, convencida de que con un par de respiros profundos estaría lista. No lo estaba. Todo empezó a dar vueltas con ese ritmo inquietante que anuncia: «O te tumbas, o te tumbas».

Y ahí llegó el momento más humillante: el monitor del gimnasio apareció con cara de preocupación y un vaso de agua en la mano.

«Bebe despacio. Le he puesto un poco de azúcar, te va a ayudar».

Perfecto. Aquí estaba yo, freelance todoterreno, correctora de textos complejos, mujer autosuficiente… sentada como una momia de tres mil años, sorbiendo agua con azúcar mientras intentaba recuperar la compostura y rezaba para que nadie grabara aquello para TikTok.

Porque hay algo profundamente incómodo en que tu cuerpo decida rendirse justo en el espacio donde todo el mundo parece tener el control absoluto. A mi lado, gente levantando pesas como si fueran de cartón, corriendo sin despeinarse, y yo allí. Hace dos días era pura energía y ahora estaba sudando frío y sujetando el vaso con ambas manos temblorosas como si estuviera en un drama de sobremesa.

Pero, entre el orgullo herido y el agua que me devolvía lentamente al mundo real, llegó la epifanía: no pasa nada por fallar el cardio del día si al menos sales con una anécdota.

Y aquí estamos… ¿Volví al gimnasio después? Claro. Con una botella de agua más grande y la firme promesa de no dejarme llevar otra vez por mi ego deportivo (mentira, obviamente). Porque al final, igual que en mi trabajo, se trata de encontrar el equilibrio: ni pasarse de comas, ni pasarse de cardio.

Eso sí, la próxima vez que vea a alguien con un vaso de agua azucarada en la mano, le dedicaré una sonrisa solidaria. Porque ya somos parte del club de los que «se dejaron llevar por el entusiasmo y pagaron el precio con dignidad y azúcar».

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).