¿La contraseña de mi correo? Bonita pregunta

Hoy ha vuelto a pasar. He intentado entrar en mi correo para enviar una corrección urgente y… nada. Mi mente, esa fiel compañera que me recuerda la letra de cualquier canción de los ochenta, ha decidido que las contraseñas no merecen espacio en su selectiva memoria. Prueba con Devin123, me digo. Error. Devin_2020. Error otra vez. Y así durante veinte minutos. Mientras, mi café se enfría, mi paciencia se evapora y mi cliente sigue esperando. Al final, opto por recuperar la cuenta, solo para descubrir que la pregunta de seguridad es: «¿Cuál es tu serie favorita?». Pues depende. ¿En 1995, en 2010 o ahora? Y aquí estamos. Respondo con el nombre de una serie al azar y, milagrosamente, acierto. Me siento como si hubiera resuelto un enigma ancestral. Después de todo, ser correctora y traductora me ha dado cierta habilidad para descifrar misterios… aunque mis contraseñas sigan siendo territorio inexplorado.

Por supuesto, este episodio no es el primero ni será el último. Las contraseñas se han convertido en mi archienemigo digital. He probado con nombres de libros, con fechas significativas, incluso con palabras en latín que solo un filólogo reconocería. Nada funciona. Cada intento es una pequeña expedición al pasado, donde me enfrento a las decisiones que mi yo del pasado tomó creyendo que recordaría combinaciones absurdas como Macondo_1967 o KafkaTrial#1925.

Lo curioso es que este olvido me ha enseñado algunas cosas útiles. Por ejemplo, que las mejores contraseñas son las que nunca crees que usarás. O que los gestores de contraseñas son, en realidad, el verdadero salvavidas del siglo XXI. Al final, logré enviar el correo. Tarde, pero a tiempo de reflexionar que mi próxima contraseña será algo como NoLaOlvidesEstaVez2025. Aunque, siendo realista, seguro que para mañana ya la habré olvidado. Y aquí estamos, corrigiendo textos pero incapaces de corregir la memoria digital.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).