La recompensa del primer café (y del segundo… quinto…)

Hay rituales sagrados en la vida de cualquier autónoma, pero ninguno tan esencial —ni tan emocionalmente complejo— como el primer café de la mañana. Ese momento místico en el que la humanidad recupera su fe en la vida. O, al menos, en sobrevivir al día sin cometer errores ortográficos imperdonables.

En mi caso, empieza siempre igual: abro el portátil, reviso los correos mientras bostezo y me convenzo de que puedo con todo… pero no sin cafeína. Así que me levanto, preparo el café con la precisión de una química suiza y espero ese instante glorioso en el que la primera gota toca la taza.

El primer sorbo es, sencillamente, sublime. Caliente, amargo, perfecto. Por un breve instante siento que todo está bien en el mundo. Las palabras fluyen en mi cabeza, los correos pendientes parecen menos amenazantes y me convenzo de que hoy —¡hoy!— por fin terminaré todo lo que tengo pendiente desde hace semanas.

Pero hay un efecto secundario del que nadie habla lo suficiente: la sobreexcitación existencial.

Porque tras ese primer sorbo mágico viene el segundo… y luego el tercero, y de pronto, en lugar de estar revisando la traducción que tienes que entregar mañana, te encuentras reorganizando carpetas, respondiendo correos con un entusiasmo desmedido («¡Gracias por tu mensaje!», «¡Qué alegría saber de ti!»…) y escribiendo listas de tareas con una letra ligeramente temblorosa.

Y aquí estamos… Llega el momento exacto en el que la cafeína golpea fuerte y te preguntas:
«¿Es martes? ¿O era jueves? ¿Por qué estoy corrigiendo un archivo que entregué la semana pasada? ¿Siempre ha estado esa planta ahí?».

La mente va más rápido que tus dedos en el teclado, las ideas se atropellan y tú solo querías revisar tres páginas antes de las diez. Pero ahora estás debatiendo internamente si deberías reestructurar tu web, escribir un artículo sobre la importancia de las comas o aprender japonés. Y aquí estamos…

El café tiene ese extraño poder: te eleva, te inspira… y te confunde. Durante quince gloriosos minutos eres una versión hipereficiente de ti misma, capaz de conquistar el mundo. Hasta que te das cuenta de que abriste siete documentos distintos, no terminaste ninguno y ahora tienes hambre.

Y sí, sigue sin quedarte claro qué día es.

No me malinterpretes: no cambiaría ese primer café por nada. Es el motor que arranca el día. Pero reconozco que hay un delicado equilibrio entre «Ahora sí, puedo con todo» y «¿En qué dimensión estoy?». Y cruzar esa línea suele ser cuestión de medio sorbo más.

Con los años, he intentado aplicar estrategias para mantener la cordura:

  • Beberlo despacio. (Fracaso absoluto)
  • Alternar con agua. (Me aaa-buuu-rrooo)
  • Limitar la cantidad. (¿¡Perdón!? ¿Qué clase de herejía es esa?)

Ninguna funciona. Y he hecho las paces con ello. Porque ese primer café no es solo una bebida. Es un acto de fe, un microcosmos de esperanza diaria… aunque a los veinte minutos no sepas si es miércoles o si soñaste que tenías reunión.

Moraleja: el café te da alas, sí. Pero no siempre corrige bien las tildes.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).