¿Leer a los clásicos?

Ser correctora y traductora freelance tiene sus días tranquilos —documentos legales, manuales técnicos y algún que otro ensayo académico que lucha por no ser un somnífero— y luego están esos días que empiezan con un correo inesperado, el tipo de correo que promete entretenimiento… o dolor de cabeza.

«Hola, soy escritor. Estoy buscando a alguien que corrija mi novela. Es una historia épica sobre un vampiro incomprendido que monta un unicornio rebelde para salvar un mundo distópico. Es original, nunca se ha hecho algo así. 732 páginas. ¿Cuándo puedes empezar?».

Me quedé mirando la pantalla. No por los vampiros. Ni por el unicornio. Fue el «nunca se ha hecho algo así» lo que me golpeó. Porque, aunque la premisa tiene su encanto caótico, la idea de que todo es absolutamente nuevo… bueno, ahí está el dilema.

Respondí con mi mejor tono profesional y una pizca de diplomacia: «Gracias por pensar en mí. Antes de lanzarnos de cabeza a las 732 páginas, ¿te parece si revisamos un par de capítulos y hablamos del enfoque?».

Traducción: vamos a hablar de los clásicos, joven padawan.

Y, claro, llegó ese momento. El autor, entusiasta y con mucha fe en su obra, dejó caer la frase que todos los correctores y editores escuchamos en algún momento: «Es que los clásicos están bien, pero son antiguos. Ya no conectan con los lectores de hoy».

Y aquí estamos… Ahí es cuando respiras hondo y decides ir con cuidado, como quien desactiva una bomba casera hecha de egos y buenas intenciones.

Le expliqué algo sencillo pero fundamental: los clásicos no sobreviven por pura terquedad editorial. Siguen aquí porque, debajo de los corsés, los duelos a espada o las tragedias griegas, hablan de lo mismo que nos preocupa ahora: el amor, la ambición, la traición, el miedo a la muerte, la búsqueda de sentido… En resumen, la tragicomedia humana.

Shakespeare, por ejemplo, escribió sobre celos, poder y pasiones desbordadas. ¿Crees que Juego de tronos salió de la nada? Jane Austen hablaba de matrimonios por conveniencia, sí, pero también de orgullo y la eterna necesidad de caerle bien a la familia de tu pareja. Y Homero nos dio hace siglos un manual básico sobre aventuras, egos desmedidos y la importancia de tener paciencia cuando el GPS te manda por el camino largo (La Odisea, versión siglo xxi).

Le lancé entonces la pregunta clave: «¿Qué hace que tu vampiro y tu unicornio conecten con el lector? Más allá de la acción, ¿qué historia humana cuentas?».

Silencio. Después, un escueto: «Voy a pensarlo».

Y ahí está el reto. No se trata de repetir fórmulas antiguas ni de rendirse al peso de los clásicos, pero tampoco de ignorarlos como si fueran simples muebles viejos. Los clásicos son las raíces del árbol. Puedes colgarle luces de neón al tronco, añadirle ramas nuevas y hasta ponerle unicornios saltarines, pero si cortas las raíces, el árbol cae.

Y aquí estamos. O no. ¿El joven autor? Aún no me ha enviado las 732 páginas (lo cual puede interpretarse como victoria o derrota, según el día). Pero si logra que su vampiro incomprendido me hable de soledad o de pertenencia, y su unicornio rebelde se convierta en símbolo de libertad o de lucha interna… tal vez haya algo ahí.

Mientras tanto, los clásicos siguen aquí. No porque sean obligatorios, sino porque siguen diciendo verdades incómodas, hermosas o universales. Aunque no tengan unicornios.

O quizás por eso.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).