A veces el oficio se ilumina sin motivo aparente.
No se anuncian. No hay calendario que los prevea ni método de productividad que los garantice. Simplemente llegan, como una visita inesperada que, en lugar de incomodar, te alegra el día.
De repente, estás ahí, frente al texto, y todo encaja. Las distracciones se disuelven, el mundo exterior se apaga y la página se convierte en el único lugar habitable. Ni siquiera el café importa: puede quedarse frío, olvidado al lado del teclado, porque la mente ya está en otra parte, hundida en las frases, nadando con soltura entre párrafos que ayer parecían piedras.
Son horas en las que el tiempo deja de correr con su crueldad habitual. No es que se detenga, es que fluye contigo. Cada corrección es evidente, cada duda encuentra respuesta. No hay pelea con la sintaxis ni sospecha de que la coma quiera traicionarte. Solo trabajo sereno, limpio, casi invisible.
En esos días uno se reconcilia con la profesión. Porque lo habitual es remar contra corriente: revisar con cansancio, luchar con frases que no quieren rendirse, pelear contra distracciones que acechan desde todos los rincones. Pero cuando la concentración decide quedarse a tu lado, comprendes por qué empezaste.
No es magia, no es un don místico. Es simplemente ese raro equilibrio entre la mente, el texto y el silencio. Y cuando ocurre, lo único que puedes hacer es aprovecharlo: escribir, corregir, dejar que las horas se derramen sobre el teclado como si fueran minutos.
Luego, claro, volverán los días grises, las interrupciones, el cansancio. Pero el recuerdo de esas jornadas luminosas basta para sostenerte. Son la prueba de que vale la pena insistir, incluso cuando todo parece torpe.
Porque hay pocas certezas más poderosas que esta: a veces, sin aviso, la concentración se sienta contigo y convierte tu oficio en un lugar habitable. Y entonces, por un rato, todo lo demás sobra.

