París: de Balzac a Woody Allen

París no se visita: se regresa. Aunque sea la primera vez, siempre se tiene la sensación de haber estado antes. Tal vez porque la ciudad lleva siglos infiltrándose en la imaginación ajena. Cada puente, cada esquina, cada luz parece salida de un recuerdo prestado. Uno camina por sus calles y todo parece citar a alguien: a un novelista, a un pintor, a un director de cine. Pero lo más extraño es que París lo permite, como si disfrutara siendo una copia de sí misma.

Llego en un tren gris que entra en la Gare de Lyon con la lentitud ceremonial de las cosas importantes. Afuera llueve —porque en París, cuando uno llega dispuesto a mirar, siempre llueve—. El aire huele a hierro y café. Me instalo en un hotel modesto cerca del Boulevard Saint-Germain, con una ventana que da a un patio donde los gatos parecen discutir sobre filosofía. La habitación tiene el encanto justo: un escritorio estrecho, una lámpara cansada y una sensación de que el tiempo se quedó a medio ordenar.

Empiezo a caminar sin rumbo. Las ciudades se entienden mejor cuando no se las interroga. En la ribera del Sena, las barcazas se mecen con pereza. Los bouquinistes, esos libreros de los cajones verdes, exhiben ediciones envejecidas que parecen saber más que sus vendedores. Hay postales antiguas, grabados, poemas plastificados y algún ejemplar de La comedia humana con las páginas tan frágiles que parecen respirar. Me detengo ante uno de ellos. El vendedor, un hombre de unos setenta años, me mira y dice sin levantar la voz:

—Balzac lo escribió todo. El resto son notas a pie de página.

No le falta razón. Balzac entendió antes que nadie que París era una máquina de transformar deseos en ruinas. Su ciudad no era de luz, sino de penumbra; una urbe donde el dinero, la ambición y el amor se mezclaban con la misma indiferencia que el vino y el humo. Cuando uno pasea por el Marais o por los pasajes cubiertos, aún puede sentir ese pulso: la respiración del siglo XIX que se resiste a morir. La épica de lo cotidiano, la tragedia del alquiler atrasado, el olor de la tinta mezclado con el de la lluvia.

Cruzo hacia la Île de la Cité. La fachada de Notre-Dame, aún herida, parece observarme con paciencia. En París nada desaparece del todo: solo cambia de estado. A pocos metros, las campanas suenan con la solemnidad de un rito laico. Pienso en Victor Hugo, en la ciudad como escenario moral, en la piedra como testigo. Pero enseguida una pareja de turistas rompe el momento haciéndose una foto. París también es eso: una mezcla de trascendencia y vulgaridad que termina resultando entrañable.

Sigo andando por el Barrio Latino. En las terrazas, los camareros sirven con la misma eficiencia irónica de siempre. Un café, una libreta, un cigarrillo: la tríada ritual de quien se cree escritor. Miro alrededor y tengo la sensación de que en cualquier mesa podrían estar Simone de Beauvoir discutiendo con Sartre o un joven que aún no sabe que un día se llamará Modiano. En París los fantasmas no asustan: toman café con nosotros.

La tarde se va deshaciendo en reflejos dorados. Cruzo el puente de las Artes, donde ya casi no quedan candados, pero sí parejas que siguen creyendo en los símbolos. Al otro lado, el Louvre se impone con su geometría de poder. No entro. Prefiero mirar la ciudad desde fuera, con la misma distancia que Woody Allen le dio en Medianoche en París. Esa película, que muchos vieron como una postal nostálgica, es en realidad una confesión de derrota: la de quien sabe que la belleza solo existe mientras no la alcanzamos.

Camino por la Rue de Rivoli. Los escaparates reflejan la mezcla exacta de lujo y decadencia que define a París. No hay ciudad más consciente de su propio mito. Los parisinos lo saben y juegan con ello: visten como si acabaran de salir de un rodaje, pero sin que se note el esfuerzo. Todo parece espontáneo, pero nada lo es. Hasta el desaliño tiene estilo.

En Montparnasse, la noche llega con olor a vino barato y conversación. Entro en un pequeño restaurante de paredes color ocre. En una mesa cercana, una mujer lee a Marguerite Duras mientras espera su cena. Nadie la mira: en París leer en un restaurante no es una excentricidad, es una forma de estar en el mundo. Pido sopa de cebolla y un vaso de vino tinto. La camarera anota con esa mezcla de prisa y desdén que solo los parisinos dominan. Todo tiene el ritmo de una escena ya escrita.

Mientras ceno, pienso en la distancia entre Balzac y Woody Allen: dos maneras opuestas de amar la misma ciudad. Para el primero, París era una selva moral; para el segundo, un sueño de reconciliación con el pasado. Balzac la observó desde la lucha, Allen desde la nostalgia. Y entre ambos se dibuja el arco completo de la ciudad: del hambre al ensueño, de la miseria al deseo de pertenecer. París absorbe a quien la mira demasiado tiempo.

Al salir, la lluvia ha cesado. Camino hacia Montmartre. Las calles suben con obstinación y el aire huele a pan recién hecho. En el Sacré-Cœur, los músicos callejeros improvisan melodías que se confunden con las sirenas de los coches. Desde allí, la ciudad se extiende como una constelación imperfecta. No hay silencio: hay rumor, que es distinto. París nunca calla del todo.

Recuerdo a los personajes de Balzac subiendo escaleras interminables en busca de una carta, de una fortuna o de un amor. Y a los de Woody Allen corriendo bajo la lluvia para encontrarse con el pasado. Todos persiguen algo que siempre está un paso más allá. Quizá por eso la ciudad sigue viva: porque nadie consigue poseerla.

Desciendo por la Rue Lepic. En una esquina, un cartel anuncia un espectáculo en el Moulin Rouge. El neón rojo parpadea con la misma fatiga que un recuerdo demasiado repetido. Me detengo a mirar. Pienso que París, como el cine, vive de su propia exageración. No importa cuántas veces se haya mostrado: siempre logra convencerte de que es la primera.

Más abajo, en Pigalle, la noche se espesa. Los bares se llenan de turistas que buscan autenticidad y de parisinos que ya la han perdido. Es un teatro sin telón. Me refugio en un café donde suena jazz. El camarero, con chaleco negro y mirada distraída, me sirve un coñac. El cristal está empañado; las luces de la calle parecen moverse. Pienso que Woody Allen filmaría esta escena sin tocar nada: solo dejaría que el clarinete hiciera su trabajo.

París es, al final, una cuestión de ritmo. No se mide en kilómetros, sino en pasos, en pausas, en la cadencia con que uno se deja envolver. Es una ciudad que exige atención, pero premia la distracción. Quien intenta comprenderla la pierde; quien se deja llevar la encuentra.

Al día siguiente, el cielo amanece limpio. Camino por el Canal Saint-Martin. Los árboles reflejan su sombra en el agua quieta. Hay jóvenes que leen, ancianos que juegan al dominó, parejas que desayunan cruasanes sin apuro. La ciudad parece descansar de sí misma. En ese instante, sin monumentos ni luces, París se revela en su estado más verdadero: el de una rutina que no necesita justificación.

Pienso en Balzac escribiendo de madrugada, rodeado de papeles, intentando atrapar en palabras la vida entera. Y pienso en Woody Allen buscando, dos siglos después, la misma cosa con una cámara: la sensación de que el tiempo puede detenerse si se mira con suficiente amor. Ninguno lo consiguió, claro, pero ambos entendieron lo esencial: que París no pertenece al pasado ni al presente, sino al instante en que alguien la observa.

Antes de marcharme, cruzo de nuevo el Sena. El viento arrastra las hojas y el cielo amenaza con otra lluvia. Miro las fachadas reflejadas en el agua y me reconcilio con la idea de que toda belleza es un artificio bien sostenido. París lo sabe y no se disculpa por ello. Ha aprendido a vivir de sus propias ilusiones, y nosotros, los visitantes reincidentes, se lo agradecemos.

Me detengo junto a un vendedor de flores. Me ofrece unas peonías y dice, como al descuido:

—Nada dura, salvo el deseo de volver.

Le sonrío. París siempre encuentra la última palabra.