El de las tildes inexistentes (o cuando la ortografía se convierte en creencia personal)

Un episodio habitual del trabajo editorial: el cliente que quiere añadir tildes inexistentes por intuición personal. Un texto sarcástico sobre ortografía, autoridad lingüística y la satisfacción silenciosa de dejar que la norma haga su trabajo.

El cliente inseguro

Una escena habitual del trabajo editorial: el cliente que cuestiona cada coma, cada tilde y cada ajuste mínimo como si se tratara de una decisión vital. Entre correos reiterativos y dudas circulares, la corrección se convierte en una mezcla de oficio lingüístico y gestión emocional, con el corrector ejerciendo también de terapeuta improvisado.