Ensayo para un regreso

El regreso comienza sin épica ni prisa: abrir los ojos, reconocer el cuerpo, aceptar la ayuda, pronunciar por fin una frase mínima —«estoy aquí»— y comprobar que basta. Rodeada de presencias que acompañan sin empujar, la narradora ensaya una verticalidad nueva, todavía frágil, pero propia. El suelo deja de ser caída y se convierte en apoyo; el silencio adquiere ritmo; el cuerpo recupera su gramática. No es un final ni una resolución, sino un ensayo de regreso, un amanecer interior donde levantarse deja de ser obligación y empieza a ser consecuencia.