Autoengaño de principiante: «Lo reviso rápido»

Hay mentiras piadosas y luego está la más cruel de todas: «solo le echo un vistazo». Spoiler: nunca es un vistazo.

La trampa empieza siempre igual: un texto breve, aparentemente inocente. Piensas: «Diez minutos y listo». Incluso pones cara de suficiencia, como quien va a doblar la ropa que lleva días en la silla.

Abres el archivo. Primera frase. Una coma sospechosa. ¿Va dentro o fuera? Revisas. Dudas. Consultas el manual. Resulta que esa coma tiene más historia que el propio texto.

Miras el reloj: han pasado cuarenta minutos y sigues en la misma línea. El documento entero parece un campo minado de tildes y conjunciones mal puestas.

Y aquí estamos, tres horas después, discutiendo mentalmente con un autor que jamás conocerás, como si fuera un debate en el Congreso: «¿Quién demonios puso esta subordinada aquí?».

Buscas solución: temporizador. Suena. Lo ignoras. Te das otros diez minutos. Suena otra vez. Lo vuelves a ignorar. El círculo vicioso perfecto: una partida de ajedrez con la gramática en la que siempre pierdes tú.

Y aquí estamos… otra vez, creyendo que esta vez sí, que será rápido.

El texto, al final, queda revisado. No en diez minutos, sino en tres horas y diez minutos… más el tiempo invertido en replantearte tu vocación y tu cordura.

La próxima vez dirás lo mismo: «lo reviso rápido». Y volverás a caer. Porque el autoengaño, en este oficio, es la única rutina que nunca falla.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).