El cliente que «solo necesita una revisión»

El correo empieza con una de las frases más inocentes y peligrosas del oficio: «Solo necesito una revisión».

Años de experiencia me han enseñado que esa frase rara vez significa lo que parece significar.

«Solo necesito una revisión» puede querer decir muchas cosas. Puede significar que hay cuatro comas rebeldes y un par de erratas despistadas. Puede significar que alguien quiere una segunda lectura antes de publicar.

Y puede significar que estoy a punto de abrir un archivo que ha sobrevivido milagrosamente a una cadena de decisiones cuestionables.

Traduzco mentalmente:

«Me he gastado poco dinero en una traducción automática, en un conocido con mucho entusiasmo o en alguna combinación experimental de herramientas digitales. Ahora necesito que conviertas el resultado en un texto publicable sin que nadie sospeche lo ocurrido».

Abro el documento.

Primera joya.

«Conejillo de indias» donde debería aparecer «pionero».

Durante unos segundos imagino al protagonista de la obra corriendo dentro de una rueda metálica mientras realiza avances revolucionarios para la humanidad.

La imagen tiene más sentido que la frase original.

Sigo leyendo.

La sintaxis parece un sudoku diseñado por alguien que perdió las instrucciones. Algunas frases empiezan en un lugar y terminan en otro completamente distinto. Otras contienen suficientes giros inesperados como para justificar una señal de tráfico.

Hay momentos en los que uno no sabe si está corrigiendo un texto o participando en una investigación lingüística.

Y aquí estamos.

Calculando un presupuesto para un trabajo que tiene tan poco de revisión como una reconstrucción integral tiene de mano de pintura.

Porque una revisión consiste en pulir.

Esto no necesita pulido.

Esto necesita mediación diplomática entre las palabras.

A veces pienso que debería existir una categoría profesional intermedia entre correctora y restauradora de patrimonio histórico.

Escribo al cliente.

Intento ser diplomática. Profesional. Prudente.

Le explico que el texto requiere una intervención más profunda de la prevista. Que habrá que trabajar el estilo, la sintaxis, la coherencia y algunas decisiones léxicas particularmente imaginativas.

Traducido al lenguaje cotidiano:

«El precio incluye la corrección y también evitar que se avergüence en público».

La respuesta suele llegar acompañada de un emoticono sonriente o de un pulgar levantado.

Como si hubiéramos alcanzado un entendimiento perfecto.

No lo hemos alcanzado.

Pero seguimos adelante.

Y lo cierto es que termino haciéndolo. Porque una parte importante de este trabajo consiste precisamente en eso: rescatar textos de situaciones comprometidas antes de que lleguen a sus lectores.

A veces corrijo.

A veces edito.

Y otras veces practico una forma muy específica de primeros auxilios lingüísticos.

Lo más curioso llega al final.

Entrego el texto. Todo fluye. Todo encaja. Todo parece escrito por alguien que sabía perfectamente lo que quería decir desde el principio.

Entonces escucho la frase inevitable: «Al final solo necesitó una revisión».

Y sonrío.

Porque explicar lo ocurrido requeriría más páginas de las que tenía el documento original.

Así que me limito a enviar la factura.

Esa sí refleja con bastante precisión la magnitud del milagro.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).