La vida del corrector tiene sus infiernos privados. El mío empieza a las 10:06 de la mañana, con un micro con eco y la sospecha de que la novela que corrijo no es lo peor que me ha pasado hoy. Debería haberme ido a la oficina…
10:04 de la mañana. Hora punta de corrección. He abierto el documento, me he preparado un café que roza la textura del alquitrán y estoy lista para enfrentarme a lo que promete ser una novela de misterio escrita por alguien con alergia al suspense.
Y entonces ocurre.
Primero, un leve zumbido. Luego, una voz. Falsa, estridente, con un vibrato que parece sacado de un ritual de apareamiento de cabras salvajes.
Mis vecinos han decidido que es un buen momento para cantar. No en la ducha. No con auriculares. No con dignidad. Una fiesta de karaoke. A las 10:06. Y aquí estamos… Suena «A quién le importa» de Alaska, y me gustaría decir que me lo tomé con filosofía, pero lo que hice fue lanzar mi grapadora contra la pared con precisión dramática. Fallé.
La primera reacción fue cerrar la ventana. La segunda, ponerme cascos. La tercera, asumir que estaba atrapada en una distopía donde la edición textual convivía con versiones desafinadas de himnos ochenteros.
Intenté avanzar. La protagonista de la novela «salía de casa con paso decidido» (por tercera vez en cinco páginas). El asesino dejaba pistas evidentes, como si fuera un juego de Cluedo para niños de ocho años. Y de fondo, alguien gritaba: «¡Dale más eco al micro, Mari! ¡Más eco!».
Yo, mientras tanto, buscaba eco en mi propia paciencia. Encontré solo polvo.
A las 10:32, me rendí.
Reorganicé mi espacio de trabajo: portátil en la mochila, cargador, cuaderno de notas, bolígrafos. Parecía que me fugaba, y en cierto modo lo estaba haciendo. Me refugié en una cafetería cercana, donde el ruido es civilizado: cucharillas, conversaciones ajenas, bebés que lloran con lógica biológica y no porque estén versionando a Camilo Sesto.
Pedí otro café. Me senté junto a un enchufe. Abrí el archivo. Y suspiré. La novela seguía igual de mala, pero al menos no tenía banda sonora.
Al volver a casa al mediodía, todo estaba en silencio. Como si nada hubiera pasado. Como si mi cordura no hubiera quedado marcada por una versión irreparable de «Livin’ on a Prayer».
Pensé en dejarles una nota:
Queridos vecinos:
si alguna vez quieren cantar «Se me enamora el alma», por favor háganlo después de las 18:00 o antes de que yo haya empezado a cuestionar mi vocación.
Gracias de antemano.
Lia.
P. D.: lo del eco no ayuda.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

