Cuando hablas dos idiomas, a veces tu cerebro decide hacer mezclas experimentales justo delante de un periodista. El resultado: caos, bilingüismo involuntario y una dignidad en coma inducido.
Las entrevistas empiezan siempre con la misma trampa: un vaso de agua, un periodista sonriente y la promesa de que será «rápido y sencillo». Claro. Como una reunión de comunidad de vecinos.
Arranca la conversación. Pregunta amable, respuesta segura. Pero entonces la cabeza decide hacerme una jugarreta: cambio de idioma en mitad de la frase. Así, sin anestesia.
—Bueno, la novela trata sobre la identidad y… you know, the struggle of being in-between worlds.
El periodista parpadea. Yo sonrío como si acabara de recitar a Shakespeare en verso libre. Sigo hablando, convencida de que voy a enderezar la cosa, pero la lengua se me resbala otra vez:
—Y lo interesante es cómo los personajes face the consequences… perdón, se enfrentan a las consecuencias.
De pronto, no sé si estoy en una entrevista literaria o en una sesión de práctica para intérpretes de la ONU. Nadie entiende nada, pero admito que suena de lo más culto.
El periodista, quizá por educación o por puro desconcierto, asiente y toma notas como si todo estuviera perfectamente claro. Yo, por dentro, me estoy viendo en subtítulos: [mezcla incoherente de idiomas, pero con convicción].
Y aquí estamos… atrapada entre dos gramáticas, haciendo equilibrismo verbal mientras finjo que todo estaba planeado.
La solución la encuentro sobre la marcha:
—Bueno, considérelo un ensayo de mi próximo trabajo de traductora. Estoy practicando la simultaneidad. Gratis.
Reímos los dos. Nerviosamente, claro. Y al terminar la entrevista, sé que el artículo saldrá con una frase lapidaria: «La autora, entre dos lenguas, dejó claro que la literatura es universal… aunque no siempre se entienda a la primera».
Y yo lo firmaría tal cual.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

