Un paseo sin rumbo por la ciudad conduce a un gesto sencillo y decisivo: elegir un cuaderno. Sin urgencia ni expectativas, la escritura reaparece como espacio posible, no como deber. El acto de comprar, abrir y escribir unas pocas líneas se convierte en una promesa íntima de continuidad, hecha de presencia, lentitud y cuidado. Vivir, aquí, es insistir sin violencia.
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El final había comenzado
Levantarse no es un gesto heroico, sino una secuencia de movimientos torpes, conscientes, honestos. El cuerpo vuelve a ocupar el espacio, la casa recupera su condición de refugio y la ciudad continúa, indiferente y tranquilizadora. Las presencias que han acompañado la caída se retiran una a una, no como pérdidas, sino como testigos que ya no hacen falta. Queda el silencio, ahora habitable; queda el cuerpo en pie, aún frágil pero propio; queda la certeza de que el final no es clausura, sino umbral. No se trata de haber vencido, sino de haberse quedado. Y desde ahí, empezar.
