La economía de la atención ha transformado nuestra relación con la lectura. Frente al scroll infinito de las plataformas digitales, la lectura profunda exige tiempo, concentración y continuidad. Aunque nunca se habían consumido tantas palabras, la fragmentación constante dificulta sostener la atención sobre textos largos. En este contexto, leer se convierte en una forma de resistencia frente a la hiperestimulación y la lógica de la interrupción permanente. Más que una oposición entre libros y pantallas, el verdadero debate gira en torno a cómo decidimos usar nuestra atención.
