Ser autónoma te enseña a enfrentarte a lo imposible. Facturas que parecen acertijos. Clientes que creen que una semana tiene más días de los que marca el calendario. Plazos de entrega que desafían principios básicos de la física.
Pero nada te prepara para el verdadero Everest administrativo del trabajo freelance: conseguir el certificado digital.
Todo empieza de forma inocente. Entras en la web correspondiente convencida de que, esta vez, será sencillo. Hay instrucciones. Hay enlaces. Hay apartados perfectamente organizados. O al menos eso parece durante los primeros treinta segundos.
Respiras hondo, reúnes tu documentación y comienzas a rellenar casillas. Nombre. Apellidos. Dirección. Documento de identidad. Lo habitual.
Sorprendentemente, todo funciona.
Y aquí estamos.
Empezando a creer que quizá la burocracia electrónica ha evolucionado y que el proceso terminará sin daños psicológicos permanentes.
Entonces llega la validación.
El sistema te solicita una clave que, según recuerda amablemente, guardaste en un lugar seguro.
Naturalmente, ese lugar seguro ha desaparecido de tu memoria.
Empiezan las hipótesis.
¿Era una combinación de números? ¿Llevaba mayúsculas? ¿Incluía un guion bajo? ¿Tenía algo que ver con una fecha importante? ¿O fue una de esas contraseñas creativas que parecían una idea brillante en el momento y un castigo medieval seis meses después?
Tras varios intentos fallidos, asumes la realidad.
La clave se ha unido a ese selecto grupo de conocimientos perdidos donde también viven los nombres de algunos profesores del instituto y el motivo exacto por el que entraste en la cocina hace cinco minutos.
Decides recuperar el acceso.
El portal te informa de que solo necesitas subir una fotografía de tu documento de identidad en alta calidad.
Perfecto.
Subes la imagen.
Rechazada.
Pruebas con otra.
Rechazada.
Haces una foto nueva con el móvil.
Rechazada.
Escaneas el documento con una calidad suficiente para preservar cada fibra del papel hasta el fin de los tiempos.
Rechazada.
Empiezas a sospechar que el problema no es la resolución. Quizá el sistema espera iluminación profesional. Quizá quiere una composición más artística. Quizá necesita que el documento transmita emociones.
Lo siguiente parece ser contratar a Annie Leibovitz para realizar una sesión fotográfica del DNI sobre terciopelo negro con iluminación cuidadosamente estudiada.
Mientras tanto, observas la situación con una mezcla de resignación y asombro.
Has corregido novelas de setecientas páginas. Has sobrevivido a párrafos capaces de albergar tres ideas, cuatro incisos y una crisis existencial. Has trabajado con autores que utilizan las comillas como si fueran confeti.
Y, sin embargo, aquí estás.
Derrotada por un formulario web y un recuadro rojo que insiste en repetir «imagen no válida» con la serenidad de quien sabe que tiene todo el poder.
Al final terminas riéndote.
No porque el proceso sea divertido, sino porque la alternativa sería desarrollar una relación emocional excesivamente intensa con la pantalla del ordenador.
Quizá el verdadero objetivo de estos trámites no sea verificar nuestra identidad. Quizá sea comprobar nuestra resistencia psicológica.
Porque, a estas alturas, el certificado digital sigue pareciendo una criatura mitológica: todo el mundo asegura que existe, pero nadie parece llegar hasta él sin atravesar antes una pequeña odisea burocrática.
Y aquí estamos.
Con el certificado todavía fuera de alcance, la autoestima ligeramente magullada y la sospecha creciente de que la Administración no quiere tus documentos.
Quiere comprobar cuánto tardas en perder la cordura.
Más de Lia Troth próximamente.
(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).

