El archivo desaparecido (o por qué «solo apreté un botón» no es una explicación)

Hay momentos en la vida profesional en los que el tiempo se detiene. No metafóricamente, sino de verdad. Estás trabajando tranquilamente, llevas horas con un archivo, has corregido páginas, resuelto dudas, cambiado frases, dejado comentarios y alcanzado ese estado de concentración en el que empiezas a creer que tienes cierto control sobre tu existencia. Entonces haces clic en algún sitio y el archivo desaparece.

Al principio no te preocupas. Eres una persona adulta, razonable y con conocimientos informáticos suficientes para sobrevivir en el siglo XXI. Seguramente has minimizado una ventana, quizá has cerrado el programa o puede que el documento esté en otra carpeta. Lo buscas con la serenidad de quien sabe que estas cosas pasan y que dentro de treinta segundos todo estará resuelto.

No está.

Abres «Recientes» y tampoco aparece. Miras en Documentos, escribes el nombre en el buscador y finalmente abres la papelera con esa tranquilidad impostada que adoptamos cuando todavía no queremos reconocer que estamos a punto de sufrir una crisis. El archivo tampoco está allí y entonces llega el momento verdaderamente delicado: tu cerebro calcula aproximadamente cuántas horas de trabajo contenía.

Muchas. Demasiadas. Una cantidad de horas de tu vida que, aparentemente, han sido absorbidas por Windows sin dejar siquiera una nota de despedida.

Y aquí estamos… mirando una pantalla como si pudiéramos obligarla a devolvernos el documento mediante intimidación psicológica.

Después de varios minutos de búsquedas cada vez menos racionales, haces lo que cualquier profesional independiente, autosuficiente y perfectamente capaz de resolver sus propios problemas haría en una situación semejante: llamas a tu amigo informático.

—Se me ha borrado un archivo.

—¿Qué has hecho?

La pregunta resulta ligeramente ofensiva porque presupone que has hecho algo. Le explicas que no has hecho nada, afirmación que él recibe con un silencio poco tranquilizador.

—Algo habrás hecho.

—Solo he apretado un botón.

El silencio que sigue es todavía más largo. Los informáticos tienen una capacidad extraordinaria para utilizar el silencio como herramienta de diagnóstico y, en determinadas circunstancias, también como forma de expresar opiniones que prefieren no verbalizar.

—¿Qué botón?

Y ahí empieza el verdadero problema, porque no sabes qué botón. Si lo supieras, probablemente no estarías llamándolo.

Intentas reconstruir los hechos como si estuvieras declarando ante una comisión de investigación. Estabas trabajando, querías hacer una cosa, pulsaste algo y apareció un mensaje. Crees que dijiste que sí.

—¿Qué decía el mensaje?

—No sé.

—¿Y aceptaste?

—Sí.

El siguiente silencio confirma que acabas de proporcionar una información importante. Empiezas a comprender que «solo apreté un botón» no tranquiliza a un informático; al contrario, es aproximadamente el equivalente tecnológico de decirle a un médico que te tomaste unas pastillas, pero que no sabes cuáles porque no leíste la caja.

Durante los siguientes treinta minutos compartes pantalla, abres carpetas cuya existencia desconocías y respondes preguntas para las que no estabas preparada emocionalmente. Tu amigo quiere saber dónde estaba guardado el archivo, con qué nombre, si tenías activada la sincronización, si existe una copia de seguridad y si estabas trabajando en local o en la nube. Tú solo quieres recuperar tu documento, no matricularte en Ingeniería Informática.

Finalmente, aparece.

Estaba en una carpeta absurda a la que, efectivamente, lo habías enviado al pulsar aquel misterioso botón. Experimentas una felicidad completamente desproporcionada, como si no hubieras recuperado un documento de Word, sino localizado con vida a un explorador que llevaba seis meses perdido en el Ártico.

Tu amigo considera que ese momento de vulnerabilidad emocional es perfecto para pronunciar una breve conferencia sobre copias de seguridad, sincronización y la conveniencia de leer los mensajes que aparecen en pantalla antes de pulsar «Aceptar». Asientes a todo con la docilidad de quien acaba de recuperar algo que ya daba por muerto. Prometes hacer copias, prestar atención a las ventanas emergentes y, probablemente, no volver a tocar un botón sin conocer previamente su función, antecedentes y posibles consecuencias jurídicas.

Cuando cuelgas, abres el archivo recuperado y compruebas que sigue intacto. Están las correcciones, los comentarios y todas esas horas de trabajo que hace apenas unos minutos estabas empezando a considerar una ofrenda involuntaria a los dioses de la informática.

Antes de continuar haces inmediatamente una copia.

Luego otra.

Incluso compruebas dónde las has guardado.

Porque hay lecciones que necesitan años de experiencia para aprenderse y otras para las que bastan treinta minutos creyendo que acabas de borrar una semana de tu vida.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).