Cuando tu estilo editorial se convierte en «el nuevo clásico»

Hay momentos en la carrera profesional para los que nadie te prepara. El primer encargo importante, el primer cliente que vuelve o el primer libro en el que encuentras tu nombre en los créditos y experimentas durante unos segundos la absurda tentación de enseñárselo a todas las personas que pasan cerca. Son pequeños hitos que confirman que, de alguna manera, aquello que empezaste haciendo con más incertidumbres que certezas se ha convertido en un oficio.

Y luego está el día en que alguien define tu estilo editorial como «el nuevo clásico».

La frase llega por correo, sin ninguna advertencia previa: «Nos gusta mucho tu manera de trabajar. Creemos que ese estilo se está convirtiendo en el nuevo clásico». Lees una vez, lees dos y, a la tercera, sigues sin tener demasiado claro qué significa exactamente. «El nuevo clásico» suena bien, desde luego. Suena importante. Suena a algo que podría aparecer en una entrevista acompañando una fotografía en blanco y negro en la que miras pensativamente por una ventana mientras finges que no eres consciente de la presencia del fotógrafo.

Durante unos minutos decides disfrutarlo. Quizá has alcanzado ese punto de la profesión en el que ya no corriges textos, sino que estableces tendencias. Tal vez dentro de unos años haya estudiantes analizando tus decisiones sobre subordinadas y escribiendo cosas como: «Durante su periodo de madurez, Lia Troth abandonó progresivamente el abuso del punto y coma». La posibilidad tiene cierto atractivo. No demasiado, porque tampoco conviene perder completamente el contacto con la realidad, pero sí el suficiente para entretenerte un rato.

Entonces empieza la duda. ¿Qué demonios es un estilo editorial clásico? Y, más preocupante todavía, ¿cómo puede algo ser nuevo y clásico simultáneamente? Buscas una explicación lógica. Quizá se refieren a la claridad, a la elegancia, a intervenir sin borrar la voz del autor, a esa obsesión por conseguir que una frase parezca sencilla después de haber pasado veinte minutos intentando que lo sea. Todo eso podría considerarse clásico. Lo que sigues sin entender es la parte de «nuevo».

Y aquí estamos… a las once de la noche, analizando un cumplido hasta conseguir que pierda prácticamente toda su capacidad de producir satisfacción.

Porque esa es otra habilidad profesional que se adquiere con los años: aprender a desconfiar incluso de las buenas noticias. Un cliente puede decirte «el trabajo está perfecto» y tú pensarás inmediatamente en la coma de la página 237 sobre la que dudaste durante media hora. Puede decirte «nos encanta tu estilo» y conseguir que empieces a preguntarte si realmente tienes uno. Y puede llamarlo «el nuevo clásico» y provocar que, en lugar de aceptar el elogio como una persona emocionalmente equilibrada, abras una investigación conceptual para determinar qué ha querido decir exactamente.

Quizá no exista ningún nuevo clásico. Quizá el cliente solo quería decir que le gusta cómo trabajas y encontró una forma especialmente solemne de expresarlo. Pero entonces aparece otra posibilidad bastante menos halagadora: a lo mejor llevas demasiado tiempo trabajando y el problema no está en la frase, sino en la persona que lleva varias horas intentando interpretarla.

Eso explicaría bastantes cosas. Explicaría que estés intentando establecer una definición filosófica de «nuevo clásico» a las once de la noche, que hayas empezado a reconocer editoriales por sus hojas de estilo y que últimamente una tarde sin abrir Word te produzca una sensación extraña, como si hubieras olvidado hacer algo importante. Quizá lo que necesitas no es consolidar una nueva corriente editorial, sino tomarte unas vacaciones.

Unas vacaciones de verdad, además. Sin ordenador, sin manuscritos, sin correos y, a ser posible, sin comprobar mientras lees una novela junto a una piscina si el traductor ha utilizado correctamente las comillas. Esto último parece más difícil, porque una puede abandonar temporalmente el trabajo, pero conseguir que el cerebro deje de corregir por iniciativa propia requiere técnicas que todavía no domino.

Al día siguiente respondes al cliente: «Muchas gracias. Me alegra muchísimo que os guste». Y nada más. No preguntas qué significa «el nuevo clásico», no solicitas bibliografía complementaria ni exiges una definición metodológica que permita establecer los límites de la corriente estética que aparentemente acabas de inaugurar. Decides aceptar el cumplido como lo que probablemente era: un cumplido.

Porque quizá la experiencia profesional consista también en aprender a reconocer cuándo algo necesita análisis y cuándo basta con dar las gracias y seguir trabajando. Aunque, para ser sincera, sigo pensando que lo de «nuevo clásico» merece una explicación.

Pero eso será después de las vacaciones.

Más de Lia Troth próximamente.

(O no. Depende de cómo acabe el próximo encargo).